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2013
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Jueves Santo: entre la alegría de la Eucaristía y el misterio de la agonía de Jesús

Siete de la mañana. La ciudad se está apenas desvelando y ya los franciscanos se acercan al Patriarcado para invitar al patriarca latino, S. B. Mons. Fuad Twal, al ingreso solemne para presidir la misa conmemorativa de la Institución de la Eucaristía. Este Jueves Santo una asamblea numerosa se concentra en torno a la tumba vacía para unirse a la alegría de los sacerdotes; los sacristanes de la Custodia han preparado 200 túnicas para ellos.

Tras la liturgia, tres momentos fuertes jalonan esta excepcional celebración en el Santo Sepulcro: el lavatorio de los pies de 12 seminaristas por parte del patriarca, la renovación de las promesas sacerdotales de los sacerdotes y la bendición del aceite para los enfermos, los catecúmenos y el santo Crisma. A continuación se ha realizado la procesión de los sacerdotes en torno al edículo y el patriarca ha colocado el Santísimo Sacramento en el altar preparado precisamente en la tumba vacía.

Estos momentos han estado precedidos por la homilía del patriarca, que ha comenzado con una cita del cura de Ars: «El sacerdocio es el amor del corazón de Jesús». El patriarca ha invitado a la asamblea a recordar «el hermoso gesto de humildad y simplicidad» del papa Francisco «pidiendo a los fieles que rezaran por él»; y para ayudar al Santo Padre en «ardua misión», ha invitado a los fieles a «pedir a Dios que nos ayude a purificar nuestra Iglesia, nuestros corazones y nuestras intenciones».

(Texto completo de la homilía en el sitio del Patriarcado latino www.lpj.org)

Tras la comunión, sacerdotes y seminaristas han participado en una impresionante y magnífica procesión que ha ocupado todo el perímetro de la rotonda, rodeando con sus casullas blancas la tumba vacía, antes que el patriarca colocara en ella las especies eucarísticas.

Tras la marcha del patriarca, las puertas de la basílica se han cerrado con llave. Las llaves, habitualmente en posesión de los musulmanes, se han llevado en este día, de modo excepcional, al convento de San Salvador y han sido entregadas al vicario de la Custodia, fray Artemio Vítores, que las llevará en procesión solemne al Santo Sepulcro. Aquí, las puertas se han abierto durante un breve período de tiempo para dejar entrar a los seminaristas franciscanos y al patriarca, para la adoración de la tarde.

Mientras unos han rezado en el Santo Sepulcro, numerosos fieles se han acercado al Cenáculo con el custodio de Tierra Santa, fray Pierbattista Pizzaballa.

Del Cenáculo a San Marcos, pasando por la catedral de Santiago

Desde San Salvador, los frailes de la Custodia se han acercado hasta el Cenáculo, en procesión con el padre custodio, fray Pierbattista Pizzaballa. Los tradicionales kawas abren su paso por las calles, muy animadas, de Jerusalén, porque también los judíos celebran esta semana su Pascua, Pésaj.

En el Cenáculo, excepcionalmente abarrotado, tras la lectura del lavatorio de los pies, el padre custodio se ha arrodillado a los pies de doce niños de la parroquia para reproducir los gestos del Salvador, al canto de los numerosos fieles presentes.

Después, todos se han acercado a la catedral armenio de Santiago para visitar posteriormente la iglesia armenia de San Miguel Arcángel. El padre Artemio ha aprovechado para recordar los vínculos que unen a los franciscanos con la comunidad armenia, que acogió durante ocho años a los frailes expulsados del Cenáculo en 1551. Finalmente, el cortejo se ha dirigido a la capilla siríaca de San Marcos, donde los siríacos ortodoxos sitúan el lugar de Pentecostés, el único lugar donde se conmemoraban los sucesos ligados al Cenáculo durante los años que siguieron a la expulsión de los frailes.

La hora santa en Getsemaní

A la alegría de la peregrinación ha seguido, al caer la tarde, la gravedad de la hora santa en Getsemaní. La basílica no ha podido acoger a la gran cantidad de fieles que han querido «velar con Jesús» en el lugar en el que, la víspera de la Pasión, Él fue preso de la angustia.
Fieles de todos los continentes han tomado puesto en la basílica de las Naciones y las lecturas, así como las oraciones, se han pronunciado en más de diez lenguas. Las lecturas de los textos del Evangelio se han ido alternando con momentos de silencio y oración, en un gran recogimiento.

Al finalizar la vigilia de oración, algunos fieles han querido continuar en el lugar para proseguir con su oración; pero una gran muchedumbre se ha acercado en procesión, a la luz de las antorchas, a través del valle del Cedrón, hasta San Pedro in Gallicantu, donde Jesús estuvo prisionero antes de ser entregado a Pilato.

Y el silencio ha descendido nuevamente sobre la noche de Jerusalén.

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