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2011
custodia.org

La fiesta de la transfiguración nos recuerda que el hombre ha sido creado en la luz

Monte Tabor, 6 de agosto

Una atmósfera festiva y alegre ha envuelto el Monte Tabor (Yabal at-Tur en árabe) la mañana del 6 de agosto con motivo de la solemnidad de la Transfiguración del Señor, una fiesta que se celebra desde hace ya muchos siglos tanto en la liturgia oriental como en la occidental. El escenario, evocador y emocionante, de esta singular altura de Galilea que se yergue en la planicie hasta los 600 metros por encima del nivel del mar y que ofrece una espléndida vida sobre todo el valle circundante, ha sido el marco de esta solemne celebración en la basílica franciscana, colocada en la cima del monte y edificada por el arquitecto Antonio Barluzzi sobre antiguos restos bizantinos y cruzados.

La eucaristía, presida por el padre Custodio, fray Pierbattista Pizzaballa, se ha celebrado en el altar mayor, colocado sobre la cripta que recuerda la transfiguración de Jesús. Al fondo y decorando la bóveda del ábside de la nave central se puede ver un mosaico que representa el extraordinario acontecimiento que sucedió en el Tabor. En la ceremonia han participado, además de fray Mario Hadchiti, guardián del convento del Monte Tabor, que ha concelebrado y ha pronunciado la homilía, muchos otros frailes de la familia franciscana de Tierra Santa, además de numerosos sacerdotes de otras comunidades religiosas que han querido compartir la alegría de esta fiesta.

El clima de profundo recogimiento ha unido a las numerosas personas que han participado en el Tabor en esta ocasión, entre ellos muchos cristianos de lengua árabe de las comunidades vecinas de Galilea, así como también algunos religiosos, pequeños grupos de peregrinos y otros cristianos de Tierra Santa venidos de distintas zonas de Israel e incluso de las regiones palestinas de Belén, Beit Jalla y Beit Sahur.

Al finalizar la santa misa ha tenido lugar la tradicional procesión que, acompañada por sugestivos cantos religiosos en árabe, desde la basílica se ha dirigido hasta la capilla llamada “Descendentibus”, una pequeña construcción abovedada que rememora la recomendación que Jesús dirigió a los tres apóstoles testigos de la transfiguración de no revelar el acontecimiento antes de su resurrección (Mt 17,9). Un magnífico almuerzo servido en los locales de la Casa Nova franciscana del Tabor ha puesto fin felizmente a la jornada de fiesta.

La transfiguración es un acontecimiento histórico, un episodio de la vida de Jesús que, desvelando la dimensión meta-histórica y dejando entrever la naturaleza divina y gloriosa de Cristo, da cumplimiento a una larga tradición de espera mesiánica arrojando nueva luz sobre el valor de la naturaleza humana y revelando el verdadero sentido y destino de cada hombre, destinado a la elección personal por el bien y a la participación en la intimidad de la vida de Dios.

La transfiguración es, sobre todo, una manifestación de la esencial disposición divina a la comunión, a la revelación de los bienes más preciosos escondidos en Dios, de su rostro resplandeciente en la gloria del Hijo predilecto, en la que participan Moisés y Elías, dos grandes amigos del Señor y protagonistas de aquel largo viaje que el Señor realiza junto al pueblo hebreo y que culmina con la venida de Cristo a la historia. Dios, de hecho, muestra repetidamente su rostro de amigo del hombre justo. Así, Moisés es el amigo al que Dios concede que le hable “cara a cara, como un hombre habla con otro” (Ex 33,11); y lo mismo el profeta Elías, llamado aquí a representar a todo el coro de los profetas y considerado por la tradición cristiana como máximo exponente, junto a Moisés y san Pablo, de la gran mística.

Tres de los amigos más queridos por Jesús -es decir, los apóstoles Pedro, Santiago y Juan, simples hombres de Galilea convertidos de repente en protagonistas de la más grande de todas las historias- están llamados a ser testigos de este acontecimiento. Poco después, tras haber contemplado el rostro transfigurado y reluciente de Jesús, serán compañeros de Cristo en la vigilia nocturna de Getsemaní y verán aquel mismo rosto desfigurado por el sufrimiento en la hora más oscura que marcará el inicio de la Pasión. En este misterio se esconde uno de los mayores desafíos para el hombre: seguir discerniendo la gloria y la grandeza de Dios en el drama mortificante de la cruz. La transfiguración se abre entonces a un altísimo mensaje que se dirige a todos los hombres, creados a imagen de Dios y llamados a ser cada vez más iguales a Él en el curso de sus vidas.

Subraya el padre Pizzaballa: “En el Tabor, Jesús nos ha restituido la dignidad de hijos de Dios de los tiempos de la creación, porque el hombre fue creado en la luz. El Tabor es el anticipo de lo que todos seremos, es más, de lo que ya somos con la participación en la resurrección de Jesús”. La transfiguración nos invita a recomponer de forma original la dimensión subjetiva, real e ideal, que está presente en todo hombre, a amar la actualidad de la persona con sus miserias y sus pobrezas a la luz del “verdadero sentido humano”, de aquel núcleo escondido del bien que el ánimo encierra como testigo del ideal, como adhesión a la Verdad. El rostro del prójimo, por tanto -dice Emmanuel Lévinas- en su expresividad, desnudez, fragilidad, lleva en sí la “huella del infinito” porque “la dimensión de lo divino se abre a partir del rostro humano y su epifanía consiste en su invitación a buscarle en el rostro del Extranjero, de la viuda y del huérfano a través de su miseria”. La mirada de Jesús no desprecia nada, no excluye nada, no se aleja del mundo sino que lo ve a la luz de Dios, es decir, lo “transfigura” en su encuentro con la criatura, de tal modo que todo sea en Él.

Por todo ello, la transfiguración es la fiesta de la Verdad del hombre, de su grandeza en su miseria, de su irrevocable vocación a la vida perfecta en la gloria de Dios.

Texto de Caterina Foppa Pedretti
Fotos de Giovanni Zennaro

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