2017
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Celebrando la Ascensión del Señor

Jerusalén resplandecía, vista desde lo alto del monte de los Olivos, mientras un sol ardiente abrasaba el aire y la tierra. Allí mismo, una multitud de frailes y peregrinos se reunía el 24 de mayo delante de la capilla de la Ascensión y en las tiendas que rodean el santo lugar. La tienda “sacristía”, la tienda “refectorio”, la tienda “de los superiores” y, por último, la tienda “dormitorio” resultaban muy útiles para protegerse del enorme calor de las primeras horas de la tarde, en las que hacían su entrada solemne los dirigentes de las iglesias cristianas de Jerusalén. Las diversas confesiones han celebrado la solemnidad de la Ascensión todas el mismo día, porque caía en la misma fecha, como la Pascua.
La capilla octogonal de la Ascensión es de la época cruzada y actualmente se encuentra dentro de una propiedad musulmana. Está permitido el acceso a los cristianos con motivo de esta fiesta. En su interior todavía se encuentra una piedra que, según la tradición, conserva las huellas de los pies de Jesús cuando ascendió al cielo.

Los latinos han sido los primeros en entrar en el santo lugar, seguidos de los armenios, coptos, sirios y greco-ortodoxos. Fuera de la capilla un ambiente de fiesta ha marcado toda la jornada, bajo el signo de la oración pero también de la comunión fraterna. En las tiendas montadas sobre los pequeños altares de piedra, que permanecen descubiertos todo el año, se han reunido franciscanos, armenios, sirios, coptos y griegos, no solo sacerdotes sino también laicos. Una estudiante cristiana copta ha expresado su alegría: «Es bonito estar aquí celebrando esta fiesta, ver lo que pasa a nuestro alrededor, rezar todos juntos». Tras la entrada del vicario custodial fray Dobromir Jasztal, los franciscanos han rezado las oraciones de vísperas, completas y la vigilia. Entre los cantos latinos y bajo el fuerte sol de primera hora de la tarde, una procesión solemne ha dado tres vueltas alrededor del edículo de la Ascensión. Recordando lo que ocurre también en el Santo Sepulcro, desde sus tiendas situadas junto al edículo, los miembros de otras iglesias estaban de pie mirando a los franciscanos, mientras pasaban delante de sus ojos.

A las 11 de la noche los frailes se han reunido de nuevo para la vigilia de la Ascensión. Ha sido una oración nocturna, como la de los discípulos en el monte de los Olivos la noche en que prendieron a Jesús. Apiñados en la pequeña capilla, han proclamado cantos y lecturas también para los fieles que, al no haber encontrado sitio, seguían la liturgia desde fuera. A partir de la medianoche han comenzado las misas, una tras otra, en diferentes lenguas. Gran afluencia de fieles para la misa en árabe, a la que han llegado en plena noche autobuses cargados de gente.

No había amanecido aun cuando empezaba la última misa, en latín. El sonido del órgano y de la palabra de Dios ha roto el silencio y dado la bienvenida al sol que salía poco a poco. «La Ascensión es lo que une el domingo de Pascua con Pentecostés – decía en su homilía fray Dobromir Jasztal -. Nos permite entender la finalidad de la encarnación, de la pasión, de la muerte y resurrección de Jesús. Él se hizo hombre para que el hombre pudiese ser elevado a la gloria y a la comunión con Dios». El vicario explicaba a continuación que en la Ascensión se cumple la profecía del Emmanuel, nombrado ya por Isaías siete siglos antes de Cristo, que quiere decir “Dios con nosotros”. Emmanuel es también el nombre con el que el ángel explica a José el significado del embarazo de María. «Emmanuel es el nombre con el que Jesús saluda a sus discípulos en este sitio, diciendo, “yo estoy con vosotros” hasta el fin del mundo», explicaba fray Dobromir.

Beatrice Guarrera

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