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2016
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Un franciscano será canonizado en breve… por amor a Tierra Santa

El 4 de agosto de 1916 moría en Quebec (Canadá) fray Frédéric Janssoone, después de haber pasado 40 años al servicio de la Custodia. Beatificado por el papa Juan Pablo II en 1988, el franciscano podría ser canonizado «por amor a Tierra Santa».
El sitio de la Custodia, con ocasión del centenario de su muerte, publica la versión abreviada de un artículo publicado en Terre Sainte Magazine, revista bimestral de la Custodia de Tierra Santa en lengua francesa.

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«El Padre Frédéric podría convertirse en el santo patrón de las negociaciones de paz en Oriente Medio, y especialmente de la paz en Israel-Palestina». El Padre Roland Bonenfant, vicepostulador de la causa de canonización, ve en ello un gran proyecto. Fray Roland ve al Padre Frédéric incluso como intercesor privilegiado en el ecumenismo o, también, en el diálogo interreligioso.

Fray Roland esperaba que la canonización tuviera lugar este año pero, por un problema administrativo, habrá que esperar aún. ¿Hasta cuándo? El Padre Bonenfant no se inmuta y responde: «Cuando el buen Dios quiera».
Frédéric Janssoone nació en Ghyvelde, Francia, en 1838. En 1864 entró en la Orden franciscana, con 26 años de edad, y después de 14 años de vida religiosa en Francia fue enviado a Tierra Santa en 1878 por petición propia. Después de estar apenas ocho meses de servicio en la Custodia, fue elegido vicario custodial.

El servicio de fray Frédéric en Tierra Santa duró diez años, durante el cual el religioso se entregó sin medida hasta el agotamiento. No solo trabajo, sino que también predicó y confesó largamente y vivió la pobreza franciscana de modo radical. Con ese ritmo de vida, se agotaba con frecuencia, hasta el punto de tener que abandonar toda actividad. En dos ocasiones él mismo pensó que se moría de cansancio. Finalmente murió por un cáncer en el estómago, en 1916.

Durante su servicio, el Padre Frédéric recorrió la tierra de Jesús. Literalmente, se hizo una sola cosa con Tierra Santa para mejor ser así una sola cosa con Cristo.

Adquirió tal conocimiento del país de Jesús que el Padre Bonenfant lo ve incluso como el santo patrón de las peregrinaciones. Guía bien formado, fueron sobre todo sus largas predicaciones las que cautivaban principalmente. Para el Padre Frédéric, Tierra Santa es un camino privilegiado de encuentro con Cristo. En su predicción, tuvo una atención especial a la Pasión y la Cruz.

Un santo anacrónico

Si la expresión de su espiritualidad viene marcada por su tiempo, para los estudios la santidad del Padre Frédéric es de una sorprendente modernidad. Fray Guylain afirma que es «anacrónica». De hecho, se comportó de modo impensable para su época, el siglo XIX. Del jansenismo, que todavía seguía vivo en su tiempo, decía que era la más bella invención del diablo. Siempre tenía esta palabra en sus labios: «misericordia». Dios se hace misericordia. Dios perdona, Dios ama. Predicaba para liberar del pecado.
Anacrónico fue también, y sobre todo, su forma de vivir la relación con los musulmanes y los cristianos de otras confesiones. Con ellos, en un desfase total con su época y con cuanto vivía la mayoría de los religiosos, entró en diálogo. Pero no renunció a su identidad de católico, latino y, con la Custodia, de guardián de los santos lugares y defensor de los derechos de la catolicidad. Cuando en alguna ocasión alguien intentaba suprimir los derechos de los latinos, el Padre Frédéric los defendía. Pero, como custodio fiel, quería vivir en armonía con su entorno, construyendo relaciones amistosas con distintos religiosos ortodoxos.
Otra amistad «anacrónica» fue la que tuvo con el hijo del pachá de Estambul. Este último le sugería cómo podría convencer a su padre para obtener el permiso de instaurar nuevamente la práctica del viacrucis por las calles de la ciudad vieja. El Padre Frédéric lo deseaba fervientemente. No pasó ni una semana antes de que escribiera al pachá reclamando este derecho, interrumpido dos siglos antes a causa de una presunta pelea. El hijo del pachá le aconsejó, más o menos: «No esperes que mi padre autorice a un cristiano predicar su fe por las calles. Hazlo y verás la reacción de la ciudad». Y fray Frédéric retomó la predicación del viacrucis. Al principio se oyeron algunas quejas, pero la policía otomano velaba sin intervenir. Finalmente el derecho fue restablecido.

Una humildad a imitar

«No se atribuía nada a sí mismo. Todo lo que obtenía en los distintos campos se lo atribuía a otros», explica fray Guylain. Fue él quien mandó construir la actual iglesia de Santa Catalina de Belén, y la de Jerusalén en el convento de San Salvador.

Al final de su mandato como vicario fue enviado a Canadá, donde fundó la Comisaría encargada de encontrar fondos para la financiación de las obras de los franciscanos de Tierra Santa. Durante las misiones de la época, exponía reliquias del país de Jesús. La gente le escuchaba, le pedían que intercediera, que visitara a los enfermos… y los milagros se multiplicaban. El religioso atribuía todo el mérito a las reliquias.
Según las palabras de fray Guylain, la vida del buen Padre Frédéric, como era llamado, «es otro capítulo de los Hechos de los Apóstoles».

En Canadá las celebraciones del centenario de su muerte empezaron en el mes de marzo pasado, atrayendo a multitudes. En este país siguen llegando testimonios de gracias recibidas por su intercesión.
Fray Guylain se queja de que «no hay una biografía contemporánea del Padre Frédéric. Es de destacar su modernidad, porque tiene todavía que decir mucho más de lo que se dice. ¡Mucho más! Puede enseñarnos cómo la fe cristiana se desarrolla, se consolidad y se difunde en un contexto anticlerical –que es el contexto en el que él creció en Francia, y en este contexto desarrolló una fe magnífica-. Esta fe contracorriente es la que necesitamos hoy en Occidente».
Esta fe que viene de Tierra Santa es la que hay que irradiar por doquier.

(1) En el contexto de los estudios realizados en vista a la beatificación y canonización, la tumba del Padre Frédéric se abrió en 1948 y después en 1988. El cuerpo del Padre Frédéric estaba incorrupto, en un estado de conservación excepcional, según afirman los testigos.

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