2016
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Hacer de nuestras vidas un camino hacia Emaús

Lunes de Pascua. Bajo la lluvia matutina, fieles y franciscanos han salido en dirección a Emaús al Qubaybe, un pueblo al oeste de Jerusalén. Para poder llevar a los franciscanos, parroquianos y peregrinos al santuario han sido necesarios una media docena de autobuses desde Jerusalén y cuatro desde Belén.

Numerosos fieles han respondido positivamente a la llamada, hasta el punto de que la iglesia estaba a rebosar. El sonido de los tambores de los exploradores han acompañado la entrada solemne a la basílica. La misa ha estado presidida por el custodio de Tierra Santa, fray Pierbattista Pizzaballa, en la que será probablemente su última misa solemne como custodio, porque su mandato está llegando a su fin. La liturgia ha estado animada por el coro del Magníficat.

Fray Salem Yunis, responsable del santuario y presente en el lugar durante todo el año, ha dicho unas palabras de bienvenida, explicando la situación especial de Emaús al Qubaybe, que se encuentra hoy en un pueblo completamente musulmán. El lugar es, además, de difícil acceso para los peregrinos el resto del año a causa de los puestos de control que lo aíslan. A pesar de las dificultades, ha insistido en su discurso en la buena relación fraterna entre los habitantes del lugar. Como muestra, una importante delegación de las autoridades locales se ha unido a la fiesta. Se podía palpar el entusiasmo de los frailes acogiendo a la asamblea de fieles, cosa que ocurre solo dos veces al año: por la festividad de los santos Simeón y Cleofás, en septiembre, y por el Lunes de Pascua.

Todos los lunes de Pascua, los frailes franciscanos de la Custodia de Tierra Santa se dirigen a Emaús para hacer memoria de la manifestación de Cristo resucitado a sus discípulos Cleofás y Simeón. En el camino hacia Emaús, estos dos discípulos se encontraron a un hombre que les explicó que el Mesías debía sufrir y morir para llegar a la gloria. Sentado con ellos para comer, tomó el pan, lo bendijo y lo partió. En ese momento, los dos discípulos reconocieron a Jesús, pero Él desapareció. Con entusiasmo renovado, los dos discípulos volvieron a Jerusalén para contar al resto de discípulos lo que les había ocurrido.

A comienzos del siglo XX, los franciscanos construyeron el santuario de la Manifestación del Señor, sobre las ruinas de una iglesia cruzada que la tradición sitúa en el lugar donde se hallaba la casa de Cleofás.

En su homilía, fray Firás Hiyazin, párroco de Jerusalén, ha recordado que aquí se celebró la primera misa después de la resurrección. Simeón y Cleofás, desalentados por la muerte de Jesús, no lo reconocieron mientras caminaba con ellos. Así, fray Firás ha invitado a todos los miembros de la asamblea a encontrar su propio Emaús en la vida de todos los días y reconocer en él los signos de la presencia de Cristo, para renovar su propia fe.

Al finalizar la misa, los fieles han ido pasando delante del altar para recibir de manos del custodio el pan bendito, llevado en grandes cestas en el momento del ofertorio.

Tras la celebración, los participantes se han vuelto a reunir en el convento, al resguardo de la lluvia, para compartir juntos el almuerzo en el refectorio.

Finalizada la comida, los fieles han regresado a la iglesia para el rezo de vísperas. Primero se ha expuesto el Santísimo Sacramento, después se han cantado las vísperas y se ha impartido la bendición eucarística final.

Esta jornada pone punto final a la Semana Santa, después de cinco intensos días de celebraciones pascuales en los lugares de la pasión y de la resurrección.

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