2016
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Domingo de Pascua: ¡Ha resucitado, no está aquí!

Las cornetas y tambores de los exploradores están callados. Tras la vigilia pascual en la parroquia de San Salvador de Jerusalén, han salido desfilando por las calles del barrio cristiano, llevando el fuego nuevo a las casas, símbolo de la resurrección.

La ciudad vieja ha recuperado de nuevo su calma; en el Jardín de la Resurrección hay una cierta efervescencia. Son muchos los que vienen para constatar que la tumba está vacía. También los franciscanos, poco después de medianoche, se acercan hasta allí para cantar la liturgia de las horas.

Las puertas de la basílica no se han cerrado desde la noche hasta el alba y las misas en la tumba vacía se suceden hasta el comienzo de la misa solemne.

La eucaristía empieza en el Santo Sepulcro en el ambiente alegre y contagioso del «Resurrexit Dominus Alleluia!». Concluidos los cantos lentos y graves del Viernes Santos, interpretados por la coral de la Custodia con vestiduras negras, han cedido el puesto a las vestiduras de colores y a la alegría de la resurrección.

La asamblea estaba compuesta por fieles de todo el mundo. Estaban también presentes los cónsules generales de las cuatro naciones tradicionalmente de rito latino: Bélgica, España, Francia e Italia.

Reunidos en torno a la tumba vacía -el Calvario durante este día de la resurrección estaba casi desierto-, sentados en el suelo, o de pie junto al Edículo, colocados en los bancos… saboreaban la oportunidad de poder rezar HIC y HUNC, aquí y ahora, en el mismo lugar y el mismo día de la Pascua.

Andrés, un peregrino brasileño, ha asistido a todas las ceremonias de la Semana Santa en el Santo Sepulcro. «Es un sueño estar aquí. Hemos venidos hace dos semanas para descubrir Tierra Santa y hemos concluido con la Semana Santa. La energía que se siente aquí es increíble. Vuelvo a casa renovado». Está convencido de ello: si las personas escucharan más el mensaje de Jesús en su corazón, y se comportasen consecuentemente en su vida, el mundo estaría en paz.

Después de haber felicitado las Pascuas a todos, el patriarca, Mons. Fuad Twal, ha insistido en su homilía en las consecuencia de la resurrección de Cristo en nuestras vidas. «Nuestro corazón está inquieto, sin reposo, porque en apariencia no es siempre allí donde querremos encontrarlo, en nuestras ciudades, en nuestras familias, en nuestras regiones víctimas de la guerra y de la violencia, en nuestras familias con frecuencia truncadas. Como las santas mujeres ante la tumba vacía, nos dejamos invadir por la angustia del vacío, de la ausencia. ¡Pero no nos dejemos vencer por el miedo!. Porque Cristo nos pide que llevemos al mundo su mensaje -ha añadido-, como María Magdalena a los discípulos. Todos están esperando esta Buena Noticia: Dios-amor, hecho hombre, nos libera de la muerte y del pecado». Es la fe, este don sobrenatural de Dios, que produce sus frutos en el corazón del hombre, la que ha transformado a las mujeres en misioneras. Como ellas -ha insistido el patriarca- también nosotros estamos llamados a vencer nuestros miedos y nuestros prejuicios para llevar nuestro testimonio a esas multitudes de no creyentes que la esperan.

Tras la comunión, la procesión solemne ha dado la vuelta a la tumba. Los cuatro Evangelios de la Resurrección han sido leídos por cuatro diáconos al norte y sur del Edículo, en la Piedra de la Unción y en la entrada a la tumba, vacía ya para siempre. ¡A nosotros nos toca anunciarlo!

Los seminaristas no han vacilado, mientras acompañaban al patriarca al Patriarcado al son de «Al Masih qam min baina al amwat» (¡Cristo ha resucitado de entre los muertos!).

Feliz Pascua a todos.

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