2015
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Un franciscano inglés en Grecia, con los refugiados sirios llegados de Turquía

Aunque es más fácil verlos en los santos lugares, los franciscanos no son menos activos en otros lugares al servicio de las comunidades locales, como fray John Luke Gregory. Hemos hablado con él por teléfono, porque para verle es necesario desplazarse hasta la isla griega de Rodas, a menos que esté de visita en Cos. De hecho, el servicio de fray John Luke para la Custodia se desarrolla, desde hace once años, entre estas dos islas. Estos últimos meses su vida cotidiana, tras la gestión de la crisis económica griega, tiene una nueva prioridad: los refugiados procedentes de Turquía que desembarcan en las islas griegas.

El Dodecaneso, las islas del mar Egeo -lugar de vacaciones para muchísimos turistas- constituyen el espléndido paisaje cotidiano de fray John Luke Gregory. En este lugar, él es el representante de la Custodia de Tierra Santa y también de la Iglesia católica de rito romano.

Rodas se encuentra a 17 kilómetros de las costas turcas y Cos solo a 4 km. Por eso, explica fray Luke, en las islas desembarcan regularmente los refugiados «pero desde los meses de mayo y junio pasados, llegan en gran número, precisa, sin poder todavía cuantificar su número. «Las autoridades no dan cifras y yo no tengo ninguna idea». El Alto Comisariado de la ONU para los refugiados ha dado, el 2 de noviembre de 2015, una cifra récord para el mes de octubre con 218.000 emigrantes que han atravesado el Mediterráneo para llegar hasta Europa. El portavoz, Adrian Edwards, ha precisado que la gran mayoría -210.000- han llegado a Grecia, principalmente a la isla de Lesbos, a diez kilómetros de las costas turcas, más al norte.
Pero para estos refugiados, las islas son sino un trampolín hacia Europa. Una vez en tierra, se registran para luego intentar llegar al continente. «Grecia para ellos es solo un país de tránsito. No quieren quedarse aquí. Saben que la situación económica griega es difícil. Los países a los que intentan llegar son sobre todo Alemania o Austria, Inglaterra o hasta Francia». Fray John Luke sigue diciendo: «La mayoría son sirios, afganos o iraquíes. Hay muchas mujeres con niños pequeños, pero sobre todo jóvenes, muchísimos jóvenes».

Un servicio cotidiano

Todos los días, sin apenas disfrutar de un momento libre, fray John Luke va al Centro de acogida de la isla de Rodas. Una vez a la semana se acerca al de Cos, que está a tres horas en barco. Pero más que un verdadero centro de acogida se trata de una gran construcción puesta a disposición de las autoridades de la isla, aunque no ofrece las condiciones necesarias de acogida para tal flujo de personas. «Al menos tenemos un techo, pero las condiciones de vida son muy precarias, muy elementales», añade disgustado el religioso.

Su estancia en la isla va de algunos días a algunas semanas como máximo. Cuando llegan, fray John se multiplica para llevarles un poco de alivio y algunas provisiones.
«Es necesario decir -explica- que a pesar de la situación económica, los habitantes de la isla son muy generosos. Si han organizados y Cáritas Atenas hace mucho. Los hoteles aportan la comida».
Por su parte, fray John Luke tiene dos preocupaciones: la dignidad humana y la sonrisa de los niños. En cuanto a la primera, hace todo lo posible para proporcionar a los refugiados productos de higiene elemental (jabón, dentífrico, champú y ropa limpia). A los niños les lleva dulces y pequeños juguetes. «Estos niños están agotados desde hace semanas, no siempre entienden lo que les está pasando y tienen necesidad de comprensión y alivio en esta miseria». Entonces, fray John Luke se inclina y con una sonrisa les da todo lo que lleva, pidiendo noticias. Pero, ¿en qué lengua les habla? «En árabe». Es de imaginar la sorpresa de los refugiados, acogidos en Grecia por una franciscano inglés que les habla en árabe. «Los niños se ríen cuando me siento a hablar con ellos en árabe, ¡porque tengo un acento extraño!». Y es verdad que, en cualquier lengua que hable -y habla bien siete, además del inglés- fray John Luke mantiene su delicioso acento británico.
¿Y cuál es la reacción de los adultos? «Poder hablar en su propia lengua les hace bien. De hecho, constato que son pocos los que conocen alguna palabra en inglés o francés. Pero apenas se hacen entender, cuentan por qué están huyendo: la guerra, los bombardeos, los miedos, las escuelas cerradas, el terror del Daesh (el Estado Islámico). Dicen que los miembros del Daesh, en su mayoría, no son sirios; son mercenarios venidos del extranjero y no tienen piedad para con los sirios. El diálogo con ellos no es posible».
También cuentan su travesía en pateras: 40 personas para barcas pensadas para 17. «Son los traficantes los que obligan a eso. Muchos han naufragado. Incluso en verano, el mar se puede embravecer y hay corrientes muy fuertes entre el continente y la isla de Rodas o Cos. Es muy peligroso».
Este verano fray John Luke ha implicado también a los turistas. En todas las misas ha hecho un llamamiento a su generosidad. Hay quien ha dado productos higiénicos, quien ha dado dinero. «Y debo decir que han sido muy generosos».

Adaptarse a las necesidades

Cuando preguntamos a fray John Luke si se pueden hacer donativos mediante cuenta bancaria, responde: «Mejor que no. Con las crisis económica griega, hay impuestos muy elevados sobre el dinero, y no se pueden retirar más de 420 euros a la semana. Con esta suma de dinero debo administrar dos conventos y cinco iglesias».
Lo mejor es enviar paquetes. «El dinero contante sería lo ideal, ¿pero cómo?». Eso permitiría a fray John Luke comprar según las necesidades. «Cada vez que voy al centro, miro a ver quién hay. Si hay hombres o mujeres con niños, intento satisfacer sus necesidades y sé que puedo llevar la próxima vez. En esta estación, es necesario empezar a repartir ropa. Es verdad que tampoco los refugiados quieren cargar con muchas cosas. El camino es todavía largo para ellos y prefieren viajar ligeros. Pero el invierno está llegando y no sé cómo evolucionará la situación».
Fray John Luke piensa que en noviembre y diciembre el número de los que atraviesan el mar debería de disminuir. «El mar está verdaderamente agitado en invierno». Pero precisa: «La última vez que me acerqué a Cos, había dos mil refugiados. ¡Dos mil refugiados!», repite sorprendido por la cifra. «Pero los refugiados me decían: en la otra orilla hay dos millones que esperan atravesar el mar».

En Cos, fray John Luke cuenta con la ayuda de una parroquiana filipina, Melania, que recibe todos los días los productos enviados por Cáritas Atenas y los entrega al Centro de acogida. A veces él mismo se queda durante dos o tres días en la más pequeña de las dos islas, según la situación. «En las dos islas, los habitantes se están portando muy bien. Están ya golpeados por la crisis económica y el turismo aquí solo se da seis meses al año. Siendo tan numerosos los refugiados, no esconden su miedo de que eso pueda ahuyentar el turismo. Los refugiados son muchísimos, tantos que no se puede ni aparcar el automóvil. Están por todas partes. No se puede pasear por el puerto, donde el malecón está saturado de refugiados que esperan los barcos para ir al continente. Tienen miedo de que tal presencia aleje a los turistas».
El flujo de refugiados sigue en aumento y esto preocupa al franciscano. «Este verano los turistas han sido muy generosos, pero el período estival ha terminado. Por suerte, he escrito algunos artículos en algunos periódicos ingleses y me han llegado paquetes desde Inglaterra y Suecia. Hay que estar preparado para cualquier eventualidad».

Cuando no está con los refugiados o cuando no se entrega a las numerosas y variadas actividades parroquiales organizadas por él, fray John Luke se ocupa del jardín y de los animales del corral. «Con la crisis ha sido necesario organizarse. Así pues, en el patio del convento tengo gallinas, que ponen huevos, y el jardín se ha transformado en un huerto». Si no fuera por el destino de los refugiados, sería la alegría perfecta para fray John Luke: «¡La vida simple es la vida del franciscano! Es también un testimonio de vida para los hoteles de lujo que nos rodean, ¿no?».
Su humor y su espíritu franciscano no consiguen, sin embargo, esconder la inquietud de fray John Luke ante el océano de miseria que se abate sobre las cosas griegas. Una miseria que él intenta aliviar haciendo todo lo que puede, aunque solo sea por una hora, o solo por algún día, porque el amor de Cristo le empuja a ello.

Marie-Armelle Beaulieu

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