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2015
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Pentecostés: una jornada de contrastes

«Hermanos, dejaos guiar por el Espíritu Santo». El domingo por la mañana, las palabras de san Pablo han resonado con fuerza en la iglesia de San Salvador de Jerusalén. Al unísono con la Iglesia universal, la Iglesia latina de Tierra Santa ha celebrado la fiesta de Pentecostés, el don del Espíritu al mundo.
Todo estaba preparado para que la alegría de la solemnidad pudiera hacerse tangible. Antes que nada, la liturgia. Ornamentos rojos, el coro bellamente decorado para la ocasión con un hermoso elemento plateado representando el descenso del Espíritu Santo sobre los discípulos, incienso y los cantos específicos de la fiesta: Veni Creator y Veni Sancte Spiritus.
La asamblea, reunida en la iglesia de la Custodia, ha recordado a los Doce reunidos en el Cenáculo en torno a María. De hecho, la misa, presidida por el vicario custodia, fray Dobromir Jasztal, se ha celebrado en latín, árabe e italiano, para no olvidar que Pentecostés recuerda también el don de lenguas, que manifiestan la universalidad del mensaje evangélico. La lectura de los Hechos de los Apóstoles lo evoca: «¿Cómo es que cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua».
Tampoco falta el lugar «histórico» de la venida del Espíritu Santo. Sin embargo, el Cenáculo, situado en el monte Sión, no es accesible para celebrar allí la misa. Está situado en un complejo que constituía el convento construido por los franciscanos en el siglo XIV y del que fueron expulsados a comienzos del siglo XVI. Los musulmanes transformaron entonces en mezquita la sala donde la tradición sitúa la habitación en alto de Pentecostés.
Las indulgencias concedidas a los lugares del Cenáculo fueron transferidas a la iglesia de San Salvador de Jerusalén.
En la Edad Media, una tradición situó en una sala de la planta baja la tumba del rey David. Desde 1940, cuando el complejo de edificios se encontraba en territorio israelí según la línea que dividía la ciudad, comenzó la costumbre entre los judíos de acercarse hasta aquí en peregrinación. Allí, efectivamente, estaban muy cerca del Muro occidental (Kotel) y de la explanada del Templo, cuyo acceso les estaba prohibido.
En estos últimos años, el Cenáculo, por su proximidad con la presunta tumba de David, se ha convertido en un lugar de tensión. Mientras el derecho de uso se está todavía discutiendo en el marco de los acuerdos entre el Estado de Israel y la Santa Sede, algunos judíos piensan que el acuerdo les vetaría el acceso al santuario davídico. Otros, más violentos, estiman que cualquier oración cristiana «profana» su lugar santo, volviéndolo «impuro».
La tensión llegó al máximo el año pasado cuando el papa Francisco, en su peregrinación a Tierra Santa, se acercó para celebrar excepcionalmente la eucaristía. De hecho, los católicos solo pueden disfrutar aquí dos celebraciones al año – el Jueves Santo por la tarde, para recordar el lavatorio de los pies y la Institución de la eucaristía, y el día de Pentecostés, para las segundas vísperas de la fiesta- pero no pueden celebrar la misa.
Este año, ya que las fiestas de Pentecostés cristianas y judías (Shabuot) han caído en el mismo día, algunos grupúsculos de judíos han declarado que los cristianos, que para ellos no tienen ningún derecho sobre el Cenáculo, van a rezar allí para provocar. De esta forma, escoltados constantemente por la policía, los franciscanos dejaron por la tarde el convento de San Salvador, al ritmo de los bastones de los kawas para acercarse al monte Sión. Antes de partir, fray Sergio Galdi, secretario de la Custodia, informó a los religiosos que era objeto de las iras de estos grupos y que, en caso de provocación, no se debía responder en ningún caso.
La vigilancia de los policías contrastaba especialmente con la serenidad de los frailes. Una vez pasada la Puerta de Sión, la tensión era palpable y, bajo los abucheos de algunos adolescentes que la policía mantenía alejados gracias al cordón de seguridad, los frailes han subido a la habitación superior del Cenáculo. La oración de vísperas se desarrolló con normalidad mientras que fuera un minyán de adultos, es decir el quorum de 10 hombres necesario para la oración, celebraba una oración de lamentación.
A la salida, y siempre bajo los ojos vigilantes de la policía, franciscanos y peregrinos abandonaron el lugar para volver a reunirse en el convento del Cenacolino.
A pesar de la tensión y de la campaña de prensa bien orquestada por un cierto sector, todo transcurrió con normalidad y, para los cristianos, la alegría y el espíritu de la fiesta son los hechos más destacados de esta jornada.

NK y MA

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