2014
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Fervor y recogimiento en la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz en el Santo Sepulcro

O Crux, ave, spes unica («Salve, o Cruz, nuestra única esperanza»). Estas palabras han resonado con fervor y gravedad esta mañana, bajo las cúpulas del Santo Sepulcro. Los católicos latinos se han reunido este domingo con motivo de la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz.
Una asamblea numerosa se ha congregado en el Calvario, el lugar de la crucifixión de nuestro Señor, para la celebración de la misa solemne, animada por los frailes de la Custodia de Tierra Santa.
Los frailes han portado en procesión una reliquia de la Vera Cruz hasta el altar de la crucifixión, el lugar donde Cristo fue clavado al madero de la cruz; allí se ha celebrado luego la misa.
El padre Dobromir Jasztal, vicario custodial, ha presidido la eucaristía, rodeado de numerosos sacerdotes.
Es raro que la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz se haya celebrado en domingo. El día, el lugar, el objeto de la fiesta, todo un cúmulo de elementos para dar a la celebración un aspecto particularmente grave y solemne.
El padre Dobromir ha pronunciado una homilía emocionante y llena de esperanza: «El misterio de la cruz –ha explicado- es al mismo tiempo misterio de amor y de salvación». Con precisión, ha destacado que «son raros los cristianos que no llevan la cruz. Esto explica el hecho de que habiendo sido todos marcados por el signo de la cruz en el momento del bautismo, todos hemos sido salvados por el Hijo de Dios muerto en la cruz».
A continuación, el actual vicario del custodio de Tierra Santa ha evocado el carácter desconcertante, repugnante de la cruz: «El cristianismo ha sido rechazado precisamente a causa de la cruz. Para el mundo, la cruz habla de sacrificio. El mundo quiere una vida sin restricciones, sin límites, sin prohibiciones. El mundo quiere la riqueza, la plenitud». El padre Dobromir, para ilustrar bien esta oposición irreconciliable entre el mundo y Cristo, ha propuesto un símil entre la cruz, árbol de la vida, símbolo de la vida que se nos da, y el árbol del Edén, causa del pecado en los orígenes, que se puede alcanzar fácilmente, sin sacrificio.
«La cruz –ha terminado diciendo- es camino de paz, donde el hombre se entrega libremente». En esta región tan maltratada por los conflictos, las palabras del celebrante han sonado con una particular gravedad. «Dios no ha creado al hombre para la guerra, sino para la paz y la fraternidad», ha recordado el padre Dobromir, antes de precisar que «la paz que Cristo nos da no es la del mundo. Raramente pensamos en acoger la paz de Cristo en lo más profundo de nosotros, para vivirla realmente. Ahora, Cristo, desde la cruz, nos ha hecho gustar su paz y nos da los medios para vivirla».
Tras la misa, los fieles se han dirigido en procesión con el clero hasta el altar de Santa María Magdalena (el lugar en el que Cristo se encontró con ella la mañana de la resurrección) al canto del Vexilla Regis -«Los estandartes del Rey avanzan y la luz de la cruz brilla en su misterio»-. Este magnífico himno, compuesto hacia el siglo VII, describe en un hermoso poema la grandeza de la cruz.
Los peregrinos han podido venerar después la reliquia de la Vera Cruz.
Todos se han marchado con estas palabras de la homilía en el corazón: «El madero de la cruz no salva sin el amor que se ha crucificado y que continúan dándose a todos aquellos que quieren vivir en el amor».

N.K.

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