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2014
custodia.org

«Jerusalén, una etapa en nuestras vidas»

Don Gaetano Corbo ha estado acogido en el convento de San Salvador de la Custodia de Tierra Santa durante más de diez meses. Numerosos frailes recordarán su alegría y disponibilidad. Nos hemos reunido con este sacerdote italiano de la pequeña diócesis de Acerenza, en el sur de Italia, durante sus últimos días en Jerusalén.

¿Don Gaetano, por qué vino a Tierra Santa?

Soy sacerdote de parroquia desde hace 40 años y a veces es difícil renovarse, sobre todo en los pueblos pequeños. El número de fieles disminuye, así como la práctica religiosa. El equilibrio es frágil. Como ocurre en todo el mundo, al sacerdote se le multiplican las misiones: yo era sacerdote, profesor de religión en el instituto y responsable de una casa de reposo. Tras varios años, a los que se añade el cansancio, la motivación y la confianza se resienten. Tenía la impresión de experimentar esta situación y no tenía ya más energías para afrontarlo. Entonces pedí un año sabático a mi obispo para acompañar a los fieles. Luego, la idea de quedarme en Jerusalén se fue imponiendo poco a poco, como una evidencia.

Padre, usted llegó el mes de octubre pasado a la Custodia de Tierra Santa, a una gran comunidad de frailes. ¿Cómo se ha integrado?

Siempre he vivido solo, rodeado de mis parroquianos y mi madre; pero en la vida cotidiana estoy solo, en mis reflexiones, etc. ¡Debo confesar que me he encontrado en un contexto ideal! Tenía sed de esta vida fraterna, era precisamente lo que necesitaba. La vida comunitaria de los hermanos me ha aportado mucho. Aunque yo no sea franciscano, he sido acogido como si fuera uno de ellos, tanto por los jóvenes como por los ancianos. Han surgido vínculos de amistad y he participado en la vida cotidiana del convento. Hemos vivido juntos en el respeto a la libertad de cada uno, reuniéndonos cuando uno lo deseaba. Este respeto al prójimo me ha impresionado y me ha hecho muy bien.

¿Cuáles han sido sus obligaciones durante este año?

Como miembro de una comunidad, también yo he tenido que aportar mi granito de arena. Los franciscanos acogen a pocos sacerdotes para períodos tan largo, y doy las gracias por haber sido yo acogido. Me han pedido que celebrara misas en distintas capillas, o donde las clarisas; he confesado en el Santo Sepulcro dos veces a la semana y he seguido cursos en la Facultad de Ciencias Bíblicas de la Flagelación. He venido con una verdadera exigencia de profundizar en mi fe y mi conocimiento de esta Tierra. He cursado dos semestres en esta universidad. Después de cuarenta años, me he visto en los bancos de una escuela y ha sido muy agradable. Me han gustado, especialmente, las clases del padre Manns sobre las relaciones entre el judaísmo y el cristianismo de los primeros siglos. Hemos realizado muchas excursiones, no solo por Israel y Palestina, sino también por Jordania y Turquía siguiendo los pasos de san Pablo. He asistido también a muchos encuentros, especialmente al ciclo de las «conversaciones nocturnas» organizadas por jóvenes italianos. He podido también estar cerca de los autores del diálogo, de los militantes por los derechos humanos, de las personas que traen esperanza. Y además, ¡hemos tenido al Papa en Tierra Santa!

¿Qué es lo que más le ha impresionado?

Diría que Cafarnaún. He pasado varios días en este santuario, a orillas del lago de Tiberíades. Aquí Jesús transcurrió gran parte de su vida pública y se perciba su presencia. Además, he conocido bien a fray Virgilio Corbo. He sido sacerdote en la parroquia de su pueblo. Nos solíamos ver en verano, durante sus vacaciones, y hablaba con pasión de sus descubrimientos y cómo avanzaban. De 1968 a 1986, ha dirigido diecinueve expediciones y ha descubierto los vestigios de la casa de Pedro. Con emoción descubrió «su Cafarnaún» y esta piedra situada en la entrada de la casa de Pedro. Me parece oír todavía su voz que me repite: «Esta piedra, ¡seguro que la tocó Jesús!».

Tras un año junto a ellos, ¿con qué se queda de los franciscanos de Tierra Santa?

¡Con las liturgias en latín! Cuando era pequeño, aprendí a servir la misa en latín, después, con la reforma, se pasó al italiano. Con mucha emoción he vuelto a cantar de nuevo la misa en latín. Luego están estas hermosas ceremonias. Durante toda mi vida recordaré la Semana Santa en el Santo Sepulcro. Es muy rica. La procesión en torno a la tumba el día de Pascua me conmovió. Celebrar la Resurrección de Cristo en este mismo lugar y de este modo, ¡son instante únicos! Sabes, a veces los franciscanos son criticados, se dice que condicionan a los peregrinos que llegan a esta tierra, pero verdaderamente su papel aquí es inmenso. Y no se limita solo a lo que se ve en los santuarios. Tienen como misión y se hacen cargo de los cristianos de Tierra Santa, yendo a la raíz de sus problemas. Hay sabiduría y largueza de miras en estos frailes. Las comunidades locales son hermosas; existe una vida auténtica junto a los franciscanos y les quieren y animan. Me han hecho, de verdad, descubrir la realidad de esta tierra, pero también las dificultades para alcanzar la unidad y la paz. ¡Qué largo es todavía el camino! Hay muchos prejuicios, muchos preconceptos, desde las generalizaciones hasta los extremismos: todo cristaliza en el aspecto religioso.

¿Cómo se encuentra en vísperas de su marcha?

Llegué con muchas esperanzas y vuelvo «con las pilas cargadas» y en paz. Me siento ya distinto y espero que esto se advertirá en mis homilías. Me siento lleno. He entendido que, sobre todo, todos y todas estamos en peregrinación. Aquí se viene para vez y escuchar a Jesús con la emoción del descubrimiento, pero te das cuenta también que Jesús está en nosotros y que vuelve con nosotros a casa. Jerusalén es una etapa. Esta es la única certeza con la que me voy. Y aunque tengo la nostalgia de quien regresa, sé que volveré porque tengo mucho interés por esta tierra y sus habitantes. ¡GRACIAS!

E.R

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