2014
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Viernes Santo: el triunfo de la Cruz

En este Viernes Santo, «las puertas permanecerán abiertas solo algunos minutos para quien desee asistir a la celebración y no para las visitas», gritaba fray Atanasio, a las siete de la mañana, en la plaza del Santo Sepulcro. El cortejo franciscano en torno al patriarca Mons. Fuad Twal ha realizado posteriormente su rápido ingreso y las grandes puertas de la basílica se han cerrado para las tres horas de celebración de la Pasión de Cristo. El Calvario, demasiado estrecho para acoger a los numerosos fieles, se ha llenado rápidamente de clérigos, de los miembros del coro de la Custodia y de quien ha conseguido abrirse camino hasta allí. Mientras comienza la lectura cantada de la Pasión en latín, los fieles se han dispersado por toda la basílica y han aprovechado la oportunidad de circular por un edificio casi vacío y arrodillarse ante la piedra de la Unción. En la basílica resonaba solo, a veces al unísono y otras veces en canon, las voces de los latinos y de los coptos ortodoxos, que también celebran su Pasión, sentados en alfombras en torno a su pequeña capilla contigua al Sepulcro.
Bajo las cúpulas de la capilla franciscana de la Crucifixión los fieles se arrodillan y veneran las reliquias de la santa Cruz. Fray Antonio, seminarista originario de Croacia, explica: «Es un momento triunfante porque Jesús, en el Evangelio, reina sobre esta cruz. Ha sido elevado aquí y, cuando me arrodillo, no solo siento el sufrimiento de Cristo sino también una profunda consolación por todos los hombres». Esta misma consolación los fieles de la parroquia de Jerusalén, y después los frailes, la revivirán uniéndose a la inmensa muchedumbre de personas que hoy camina por la Vía Dolorosa.

Mientras en el Santo Sepulcro se está celebrando todavía la pasión de Cristo, las calles de Jerusalén se llenan de gente en innumerables procesiones que recorren la Vía Dolorosa hasta la basílica. Este es un tiempo fuerte del Triduo pascual, pero es bastante difícil recogerse en oración y recordar los sufrimientos de Cristo. El ejército israelí y la policía municipal bloquean las calles para regular el flujo de peregrinos. Hace calor y el ambiente es sofocante. Es necesario prestar atención para no dejarse avasallar, empujándose unos contra otras en un vaivén difícil de controlar; las personas y el fervor se encuentran.

Se suceden las procesiones, pero no se unen. Miles de cruces invaden Jerusalén, así como decenas de hábitos y ritos diversos. La ciudad santa se convierte, más que nunca, en una torre de Babel donde se encuentran y desencuentran pueblos y tradiciones. La cohabitación no es siempre pacífica, ni siquiera en este día. Al acercarse a la novena estación, los peregrinos de dos procesiones de ortodoxos llegan a las manos; la tensión va en aumento entre los militares israelíes y los palestinos de Jerusalén. Hacia mediodía, la procesión de los franciscanos de la Custodia de Tierra Santa parece tranquila, por lo menos entre los frailes. Tras ellos, cada uno intenta abrirse paso. «¡No me empuje! ¡Yo estaba aquí primero!», grita un turista a un hombre joven. «¡Y yo soy explorador de Jerusalén y estoy aquí en mi casa!», le responde el joven, molesto. Por la tarde tiene lugar un espectáculo grotesco. Un hombre grueso, vestido con un pareo bastante sucio y cubierto con sangre falsa, con una peluca en la cabeza, imita a Jesús. Está acompañado de una asamblea variopinta: dos mujeres vestidas como guardias romanas, con armadura y cascos de plumas, y mujeres que visten vestidos presuntamente orientales, de colores estridentes y colgantes de plástico. Una auténtica ofensa que parece salida de una cutre producción hollywoodiense. Los franciscanos, mientras tanto, llegan a la basílica y se recogen en oración.

Pero las celebraciones continúan. La más sugerente de este Viernes Santo se celebrará en la basílica del Santo Sepulcro, con los Funerales de Cristo.
Una liturgia similar se celebrará, algunas horas antes, en la repleta parroquia de San Salvador, donde los fieles rezarán por los hermanos de Siria.

Son las ocho y diez. El cortejo de los franciscanos está listo para partir de San Salvador, pero la policía, que intenta parar a la muchedumbre, es informada del retraso de un rito que se está celebrando en el Santo Sepulcro. ¡Paciencia!
Cuando, finalmente, el cortejo llega, la basílica está a rebosar.
En el momento de la ceremonia, una cruz con el Crucificado es llevada en procesión hasta el Calvario, después a la piedra de la unción. Fieles a la tradición, el cuerpo es depositado, extendido sobre un lienzo blanco, ungido por el custodio y después llevado a la tumba.
La asamblea está histérica, se agolpa e intenta tocar el cuerpo que recuerda cómo Cristo conoció la muerte. Los franciscanos, impertérritos, continúan con sus oraciones. Están habituados al lugar y sonríen ante tales excesos. «Es así, es el Santo Sepulcro. Es necesario que haya vida. Si no la hay aquí, no puede haberla en ningún otro sitio», comenta uno de los sacristanes mientras vigila a un grupo de peregrinos que se ha puesto en pie, en equilibrio, sobre las vallas de seguridad. Los peregrinos salen de la basílica. La agitación cede el puesto a la dulzura de esta tarde de abril y, en breves horas, Jerusalén volverá a su calma nocturna.
A medianoche, la policía cierra la Puerta Nueva, intentando impedir el paso a los grupos de peregrinos que intentarán, con todos sus medios y a través de todas las entradas a la ciudad, acercarse a la basílica para el rito del Fuego sagrado.

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