2014
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Pastoral custodial: «Ofrecer el don de la comunión»

Durante estos últimos años, el sitio oficial de la Custodia, en esta sección de Actualidad, ha dado a conocer fundamentalmente a los franciscanos de Tierra Santa en su actividad litúrgica.
Desde ahora, esperamos compartir también sus actividades pastorales, realizadas a la sombra de los santuarios, pero también su vida cotidiana en el corazón de la Custodia.

Cuatro franciscanos, en la esquina de la calle San Francisco, en la vieja Jerusalén, esperan evidentemente a alguien. Sus ojos se iluminan cuando llegan dos pequeñas figuras envueltas en un sari azul y blanco. Se saludan rápida pero calurosamente y las dos religiosas de la congregación de las Misioneras de la Caridad se ponen en cabeza de este curioso cortejo.

Fray Michel Shawki, a quien los viandantes saludan con un cordial «Marhaba abuna» (Buenos días, padre), les sigue el paso. Desde agosto de 2013 es uno de los tres vicarios de la parroquia latina de San Salvador y comparte con las religiosas Misioneras de la Caridad el servicio a los enfermos. Todos los meses, van juntos a llevar la comunión a un centenar de personas enfermas, ancianas o minusválidas en la ciudad vieja de Jerusalén.

En la sede parroquial, una rápida ojeada a la lista de las personas a visitar puede que dé vértigo. «Son numerosas las personas que viven solas, porque sus hijos han viajado al extranjero y han perdido el derecho a volver a su país. Recientemente una familia cristiana se ha reunido tras veinte años de separación», explica abuna Michel, que escucha con frecuencia historias como esta. «Además –prosigue- la arquitectura de Jerusalén no favorece los desplazamientos, sin hablar de los escalones irregulares, impracticables para la gente mayor o con silla de ruedas. Así, las personas parece que están prisioneras en sus domicilios». Hablando de los motivos que lo animan, destaca el valor de la eucaristía: «Para un creyente es importante sentirse miembro de una comunidad; las personas que visitamos ven la misa por televisión, pero no participan en ella. La comunión que les llevamos representa este precioso vínculo entre la comunidad en la que han sido bautizados, han crecido, se han casado y lo que son hoy… Más que un servicio, la comunión es un don que se ofrece a todos los cristianos, sea cual sea su condición física o moral».

Para compartir este don con quien no se puede acercar a la misa, los frailes se organizan con la ayuda de las misioneras de la Caridad, que conocen cada rincón de la ciudad, cada familia; cuando van caminando, los niños se acercan a ellas y les toman de la mano. Son ellas las que planifican el circuito, y son también ellas las que advierten a los fieles. Tal dedicación deja a los frailes admirados. Abuna Michel quisiera dar más de sí y visitar con mayor regularidad a las personas aisladas, pero le falta tiempo y necesitaría de ayuda.

Hoy tiene a quien le ayude, siete seminaristas de la Custodia. De hecho, fray David, Agostinho, Matipanha, Antonio, Edson, Ulises e Israel vienen a echarle una mano. Algunos de ellos es la primera vez que participan en este gesto de fe y amor fraterno, invitados por sus maestros de estudio.

Entre ellos, fray Agostinho, originario de Mozambique. Ordenado diácono en junio de 2013, habla del significado de su misión diaconal: «Ser diácono es ponerse en la puerta de la Iglesia, es aceptar ser enviado a la misión en la vida social, en sentido amplio. Me gusta la frase de san Francisco que dice que nuestro claustro debe ser el mundo», dice con convicción. La Custodia de Tierra Santa les permite esta apertura en la variedad de su vida pastoral y parroquial. Si ha aceptado consagrar parte de su tiempo visitando a los enfermos es también para descubrir la realidad de esta sociedad cristiana palestina y para aprender a tender vínculos de proximidad con los creyentes. En el seminario, «como frailes franciscanos, tenemos mucho que hacer y debo confesar que, a veces, no vemos todas las necesidades que nos rodean», confiesa Agostinho. Por fortuna, los sacerdotes de lengua árabe de la parroquia velan cotidianamente por los más necesitados. «Son una preciosa ayuda para nosotros, seminaristas de Teología, que hablamos solo alguna palabra en árabe».

Todo está pensado y previsto, como en este folio recto-verso sobre el que están transcritas con caracteres occidentales las palabras y oraciones que se recitan en común en alta voz. Un poco nerviosos en sus primeras visitas, nuestros seminaristas, después de algunas semanas, adquirirán confianza. «La barrera de la lengua es una excusa», afirma Agostinho. La mirada del joven fraile brilla cuando describe aquella vez en que abuna Michel le pidió sustituirlo. «Dije que sí, solo sí y me puse a llamar por teléfono. Solo un momento después, tras hacer lo que había dicho, me pregunté a mí mismo: “¿En qué lengua tengo que hablar?”. Pensé primero en el inglés. Después, reflexionando, me decidí: tenía que hablar en árabe. Me dirijo a los palestino y lo importante no es hablar correctamente –ellos saben que no soy de aquí-, sino ofrecerles un momento de oración en su lengua».

Fray Agostinho ha estudiado fonética árabe con uno de los frailes áraboparlantes. «En la vida, siempre alguien te tiene que animar porque nos creamos nosotros nuestras barreras. Con frecuencia las personas tienen fe, ¡mientras tú no confías en ti!». De hecho, fray Agostinho no lo ha hecho nada mal en sus primeras palabras en árabe. Y, si su acento africano ha hecho sonreír alguna vez a los fieles, él ha seguido con atención el mismo ritual, precisamente como el padre Michel.

En las casas, las religiosas llaman a la puerta y llaman a los fieles por su nombre. Tras el intercambio de saludos, un paño blanco, un crucifijo y una pequeña vela se colocan en la esquina de una mesa. Se respira dignidad; dignidad en la apariencia, dignidad en las relaciones y también en la liturgia. En cada casa, convertida durante algunos minutos en casa del Señor, frailes y religiosas se arrodillan y la ceremonia comienza. El sacerdote prepara a los fieles para recibir la eucaristía, un destello de esperanza en su soledad y en su lucha contra la enfermedad.

Viendo las sonrisas cómo se dibujan en los rostros de las personas reunidas en la penumbra de esta casa, se entiende bien que la eucaristía es comunión y compartir. En el umbral de una de las casas, fray Agostinho manifiesta su intención de seguir llevando la comunión a los enfermos. «Antes de regresar a Mozambique, es necesario que transforme lo que hasta ahora ha sido algo excepcional en algo instintivo, y que haga crecer en mí la necesidad del prójimo».

Compartiendo el mismo pan, nos convertimos en uno. Esta unidad supera con creces las puertas de la Iglesia. Ser una sola cosa con la gente es lo que han los franciscanos en Jerusalén, pero también en Belén, en Beit Hanina, en Jafa, Nazaret y Jericó, donde están presentes cotidianamente desde hace siglos.

Émilie Rey

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