2014
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Voluntarios con los franciscanos de Tierra Santa

Viernes 24 de junio, un grupo de unas veinte personas trabaja incansablemente en María Niña, este lugar de acogida en la ciudad vieja de Jerusalén. Lo que les une es que son voluntarios con los franciscanos de Tierra Santa. Se diferencian en muchas cosas: nacionalidad, edad, profesión, convicciones o proceso espiritual, e incluso la duración del período de tiempo que han decido consagrar a esta experiencia de servicio (desde algunas semanas hasta tres meses, e incluso algunos años).
Este fin de semana estaban a la espera de acoger «en casa» a algunos frailes franciscanos, entre ellos al custodio, fray Pierbattista Pizzaballa. La cena, preparada por ellos con cuidado, ha ofrecido a los últimos en llegar encontrarse por primera vez con los frailes, y al resto, profundizar en sus vínculos de amistad.
Los frailes no han dejado de dar las gracias a todos los voluntarios que les ayudan en Tierra Santa y que contribuyen concretamente a la misión de san Francisco. Así, por ejemplo, Ricardo –de veintiocho años- llegó a Jerusalén hace más de tres meses. Estuvo con los franciscanos en Asís, Italia, y, seducido por su espiritualidad, decidió continuar la aventura a su lado. Hoy, es voluntario de la ONG ATS Pro Terra Sancta y trabaja en la búsqueda de fondos para los proyectos de los frailes. Se ocupa también de la comunicación de la asociación.
Sentada junto a él, Ada, periodista originaria de Roma, ha venido para ayudar a los franciscanos en su comunicación audiovisual y en el servicio informático. Cada día hace reportajes sobre los santos lugares o participa en los grandes eventos litúrgicos. «Este voluntariado me permite descubrir en profundidad, no solo Tierra Santa, sino también a quienes viven aquí. Y tengo la posibilidad de poderlo contar a los demás», dice esta joven de treinta años que sonríe mientras recuerda, con emoción, su participación en la misa de medianoche en Belén. A algún metro más allá está Elisa, que llegó en noviembre de 2012. Con cariño, los voluntarios la llaman la «luz de la casa», porque hace de hermana mayor de la familia. También ella ronda los treinta años, es arquitecto y consagra su tiempo a la restauración o rehabilitación de las casas cristianas de la ciudad vieja de Jerusalén.
Está luego Marcello, voluntario en la biblioteca de la Custodia, con la misión de hacer el inventario de las revistas y de los manuscritos antiguos. «En la universidad, mi profesor me habló de un proyecto en Jerusalén. Yo había terminado mis estudios y buscaba trabajo. Fue un momento de búsqueda de la aventura y no me arrepiento. Aprendo mucho y en distintos niveles, pero lo que más me sorprende es esta humanidad. En Europa, los medios de comunicación nos hablan solo del conflicto, del muro y de las divisiones. La Custodia me ofrece, cotidianamente, ejemplos de compartir, de iniciativas de paz y de diálogo», dice este joven italiano.
El saber y la pericia de estos voluntarios, que gozan de la alegría de compartir su vida cotidiana en María Niña, son múltiples. Desde aquí les deseamos a todos ellos que regresen transformados por esta experiencia en Tierra Santa, como aquellos que les han precedido.
E.R.

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