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2014
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Fiesta de la Epifanía: en el camino de los Reyes Magos

La gran familia de la Custodia de Tierra Santa y sus parroquianos han celebrado la Epifanía los días 5 y 6 de enero. Las fiestas comenzaron el domingo en el diván del convento de San Salvador, en Jerusalén. Las comunidades cristianas y el mujtar (representante de los cristianos de rito latino) fueron recibidos por el custodio. En los labios de todos se escuchaba la noticia de la próxima venida del papa. El custodio invitó a los cristianos a rezar por este encuentro en recuerdo del papa Pablo VI que, hace ya cincuenta años, celebró también él mismo la misa de Epifanía en Belén. Tras el brindis y el intercambio de felicitaciones, el custodio tuvo que irse a toda velocidad para efectuar su entrada oficial en Belén.

Conforme al protocolo, y a pesar de las modificaciones en la circulación vial debidas a la construcción del muro, se dirigió a la antigua carretera que une Jerusalén con Belén. Este excepcional cortejo se detuvo en un primer momento en Mar Elías, en la frontera entre los dos municipios, donde el padre Ibrahim Faltas lo esperaba en compañía de las autoridades civiles palestinas. La policía a caballo israelí le escoltó hasta los pies del muro, en el enclave de la Tumba de Raquel. En la plaza del Pesebre, ante la basílica, los frailes franciscanos, alineados en formación, no tuvieron que esperar mucho tiempo: el custodio, puntualmente, efectuó su ingreso en la plaza de la basílica, y después en la iglesia de Santa Catalina, a las 11.30 en punto. Las primeras vísperas comenzaron con unas palabras de bienvenida de fray Nirwán Al Banna que, utilizando las palabras de Benedicto XVI, dijo: «Esta parroquia no es mía, es la de Cristo, yo soy solo su servidor. En este comienzo de año, nosotros –parroquianos de Belén- pedimos al Señor que nos ayude a continuar con nuestro trabajo con caridad, justicia y verdad para que esta parroquia crezca». La tarde cedió el puesto a las lecturas y Salmos y que invitan al rey, al pueblo y a los ángeles a alabar la grandeza de Dios.

El lunes 6 de enero, día de la Epifanía, la misa pontifical fue celebrada en latín y animada por las tres corales de Nazaret, Belén y Jerusalén. En la iglesia de Santa Catalina, siempre abarrotada, se celebraron las segundas vísperas y la procesión a la gruta de la Natividad. La fiesta culminó posteriormente con una procesión por el claustro de San Jerónimo, donde frailes y coros, entonando el Puer natus in Bethlehem, llevaron de nuevo al Niño Jesús al altar.

La Epifanía, llamada también «fiesta de los pueblos», nos recuerda que el Padre revela y ofrece su amor eterno a todos los pueblos y a cada persona. La basílica de la Natividad ha dado testimonio de ello porque latinos y bizantinos se unieron durante sus respectivas celebraciones de la Epifanía y de la vigilia de la Navidad ortodoxa. De hecho, entre el calendario occidental, «gregoriano», y el calendario ortodoxo, «juliano», que siguen los bizantinos, existen trece días de diferencia. La basílica, en esta tarde de domingo, vivió un espectáculo muy sugerente. Coptos, siríacos, griegos ortodoxos y etíopes, en presencia de los responsables de sus respectivas Iglesias y en sus magníficos hábitos litúrgicos, han alternado Salmos, vísperas y procesiones a la gruta.

Si algunos peregrinos parecían consternados por esta «santa confusión» a base de alabanzas y recitaciones simultáneas, fray Stéphane, sin esconder su alegría y estrechando la mano de un dignatario griego ortodoxo que fue a saludarlo, exclamó: «Es importante que cada peregrino rece según su rito, su lengua y su cultura, ¡aunque sea muy ruidoso! […]. Me gusta pensar que lo que vemos en este mismo instante, el Señor lo ve desde arriba, en la superficie de la tierra: la diversidad y la riqueza de su pueblo de creyentes. ¡Es hermoso!».

Un peregrino inglés, a su vez, susurraba a su hijita: «Mira, estos tres grupos, vestidos de forma tan distinta y que no hablan la misma lengua aunque rezan juntos, son como los tres Reyes Magos de Oriente». A cada época, su metáfora, pero sabemos que el largo camino recorrido por los Magos nos recuerda que la vida es una aventura. Igual que ellos, también nosotros debemos interrogarnos, buscar y encontrar esta presencia, renovada sin descanso, de Cristo recién nacido en cada hombre cercano y distinto.

Emilie R.

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