2012
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Conmemoración de los fieles difuntos en Jerusalén

2012/11/02

Al día siguiente de celebrar la solemnidad de todos los santos, también los franciscanos de la Custodia de Tierra Santa celebran la conmemoración de los fieles difuntos.

La iglesia conventual de San Salvador, en Jerusalén, estaba llena de fieles y religiosos reunidos para participar en la misa solemne presidida por el párroco, fray Feras Hejazin, y concelebrada por el vicario custodial, fray Artemio Vítores, junto con otros muchos frailes y sacerdotes. También en las fraternidades de Tierra Santa se celebra la santa misa en sufragio por los difuntos. Al finalizar la celebración, la tradicional procesión se ha encaminado hacia los cementerios cristianos, superior e inferior, en el Monte Sión. En un clima de recogimiento y de honda participación, acompañados por las oraciones y cantos en árabe y latín, el cortejo ha recorrido las estrechas calles de la Ciudad Vieja de Jerusalén atravesando la Puerta de Jafa y el barrio armenio hasta llegar, finalmente, al cementerio franciscano donde reposan los frailes difuntos de la Custodia de Tierra Santa para bendecir sus tumbas.

Llegados al Monte Sión, los participantes han visitado las tumbas de sus familiares en los cementerios inferiores. Los familiares de los difuntos han rezado sobre sus tumbas, adornándolas con flores frescas, mientras los frailes guiaban la oración y honraban, con incienso y cánticos, las almas queridas de quienes nos han precedido.
En el Cántico de las criaturas, san Francisco llama a la muerte «Hermana muerte». En sus admoniciones, recordaba con frecuencia a los frailes que en esta tierra estamos de pasos, «peregrinos y forasteros». Por eso, los fieles rezan por sus difuntos y confían en su intercesión ante el Señor, alimentando la esperanza de volver a verles y unirse a ellos para gozar de la bienaventuranza celestial entre los coros de los ángeles y santos. Para nosotros, los creyentes, el encuentro con la muerte no es la precipitación a un oscuro abismo sino la llamada a la luz y a la vida plena, un paso que nos hace entrar definitivamente en la casa del Señor; no es el fin de nuestra existencia sino solo el fin de nuestra vida.

La fiesta del 2 de noviembre es el día en el que la Iglesia conmemora de manera solemne el recuerdo de las almas de los difuntos, reservando en cada misa cotidiana un espacio, llamado «Memento, Domine» (que significa «Acuérdate, Señor»), como oración universal en sufragio de las almas de todos los difuntos. Es el gesto materno y consolador dedicado a los hijos propios que nos han dejado ya.

La piedad para con las almas de los difuntos se remonta a los albores de la humanidad. Para los cristianos, desde la época de las catacumbas, el arte funerario alimentaba la esperanza de los fieles. En Roma, con una simplicidad hermosa, los cristianos solían representar en las paredes de los nichos en los que se depositaban los difuntos de la familia, la figura de Lázaro: así como Jesús lloró por su amigo Lázaro haciéndole resucitar, ¡así también hará con este discípulo suyo!

La conmemoración litúrgica de todos los fieles difuntos, sin embargo, fue definiéndose a partir del siglo IX en el ámbito monástico, en continuidad con la costumbre, que data del siglo VII, de consagrar un día concreto para la oración por todos los difuntos. Ya san Agustín alababa la costumbre de rezar por los difuntos, no solo en su aniversario, para que las almas sin sufragio no fuesen olvidadas.

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