2012
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Natividad de la Bienaventurada Virgen María

2012/09/10

El sábado 8 de septiembre se ha celebrado en la basílica de Santa Anta, en Jerusalén, la fiesta solemne de la Natividad de la Virgen María. En la espléndida iglesia que se encuentra junto a la piscina de Siloé, actualmente a cargo de los padres blancos, la misa solemne ha estado presidida por fray Stèphane Milovitch, guardián de la basílica de la Natividad de Belén, y concelebrada por fray Artemio Vítores, vicario custodial, y por el padre Rusell Bill, superior de los Padres Misioneros de África, más conocidos como los padres blancos. En la ceremonia han participado gran número de frailes, sacerdotes, fieles y peregrinos de visita en Tierra Santa, además del cónsul general francés, el Sr. Frédéric Desagnaus.

En su homilía, fray Stèphane ha recordado que esta fiesta fue introducida por el papa Sergio I (siglo VII) siguiendo la tradición oriental. La natividad de la Virgen está estrechamente ligada a la venida del Mesías, como promesa, preparación y fruto de la salvación. Como Aurora que precede al sol de justicia, María preanuncia a todo el mundo la alegría del Salvador. El padre Stèphane ha destacado la importancia de esta fiesta en Jerusalén, cuna de las tres religiones monoteístas, y la acción unificadora de María, no solo para los cristianos sino también para judíos y musulmanes.
Antes de la misa, el celebrante ha descendido a la gruta que se encuentra bajo la basílica para incensar el icono de la Natividad de María. Según la tradición, en este lugar se encontraba la casa de Joaquín y Ana, los padres de María.
Orígenes de la fiesta
La fuente más antigua que aporta noticias del nacimiento e infancia de la Virgen María es el «Protoevangelio» de Santiago, del siglo II d.C. En el texto se recogen algunos momentos de la vida de María: el matrimonio de sus padres, Joaquín y Ana, de la tribu de Judá y de estirpe sacerdotal; la concepción tras veinte años de esterilidad, el nacimiento y la presentación en el Templo. Todos ellos, acontecimientos que forman parte de la historia de Jerusalén.
La suerte que corrió la casa natal de María no es distinta de la sufrida por la ciudad de Jerusalén, con persecuciones, destrucción del templo, transformación en lugar de culto pagano, alejamiento de los judíos, etc. Se debe a Elena, madre del emperador Constantino, la libertad de culto para los cristianos de Jerusalén cuando, en la primera mitad del siglo IV, la excavaciones que mandó realizar permitieron encontrar las huellas, entre distintas construcciones, de las ruinas de un oratorio sobre el lugar que la tradición señalaba como la casa natal de María.

Con el Concilio de Éfeso III (431), se legitimó el título de «Madre de Dios» para María y florecieron las fiestas marianas en el calendario litúrgico, entre ellas la de la Natividad, la Presentación en el Templo, la Anunciación y la Dormición.
La fecha de la celebración de la Natividad de María en Jerusalén, fijada para el día 8 de septiembre, se remonta a la primera mitad del siglo V, en tiempos del patriarca Juvenal y de la emperatriz Eudosia, cuando se llevó a cabo la dedicación de la Basílica de Santa María, edificada sobre el lugar de la casa natal de María. De Jerusalén, la fiesta de la Natividad se introdujo en Constantinopla. El primer documento que atestigua esta presencia es un himno del diácono Romano el Meloda, compuesto antes del año 548. Como diácono que era, subía al ambón, cantaba el proemio y las estrofas, haciendo repetir a todos los presentes la antífona final «es la Madre de Dios, que alimenta nuestra fe». El texto se sigue utilizando, parcialmente, en el oficio de la fiesta que, en la Iglesia bizantina, retoma aquella en uso durante el siglo IX con un día de pre-fiesta, cuatro de post-fiesta y la clausura, el 13 de septiembre.

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