2012
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«El soplo del Espíritu Santo llena el universo»: fiesta de Pentecostés en el santo Cenáculo

Jerusalén, 27 de mayo de 2012

La solemnidad de Pentecostés, celebrada este domingo 27 de mayo, pone punto final al período pascual, una vez transcurridos 50 días desde la resurrección del Señor. Al mismo tiempo, esta importante fiesta rememora el nacimiento de la Iglesia cuya larga historia surge precisamente tras lo que ocurrió aquella tarde de Pentecostés en la que, mientras María y los apóstoles se encontraban reunidos en el Cenáculo, se les aparecieron del cielo unas lenguas de fuego que se dividieron y se posaron sobre cada uno de ellos, de tal forma fueron llenos del Espíritu Santo. El Espíritu les infundió unos dones extraordinarios que les abrieron el corazón a la conciencia de la fe y su vida, a la labor de la misión evangélica. «Residían entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra» (Hch 2,5). Y cada uno de ellos, con profundo estupor, escuchaba el anuncio de las grandes obras de Dios en su propia lengua.

El Cenáculo, además de ser la primera sede de la Iglesia naciente, acogió al núcleo original de la Custodia de Tierra Santa y aquí, el superior de la Custodia asumió el título, nunca más abandonado hasta hoy, de Guardián del Monte Sión. Por este motivo, la comunidad franciscana de Tierra Santa festeja con especial intensidad y devoción la festividad de Pentecostés, que coloca otra vez en el centro al santo Cenáculo. Aquí, de hecho, Jesús instituyó la Eucaristía durante la última cena, se apareció a los discípulos tras su resurrección y aquí los discípulos recibieron el don del Espíritu Santo en el ocaso del día de Pentecostés. La Custodia de Tierra Santa comenzó con las celebraciones la tarde del sábado, con la recitación de las primeras Vísperas solemnes presididas por el vicario custodial, fray Artemio Vítores. El domingo por la mañana, la comunidad franciscana de la Custodia, junto a los fieles locales y numerosos peregrinos de la más variada procedencia, se recogió en la iglesia parroquial de San Salvador para celebrar la santa misa solemne, presidida por el custodio de Tierra Santa, fray Pierbattista Pizzaballa. La homilía fue pronunciada en árabe por el párroco, fray Feras Hejazin. Después, un alegre momento fraterno reunió a muchos fieles en el salón de la curia donde juntos pudieron disfrutar de la fiesta.

Por la tarde, a las 15.30 horas, el custodio guió la procesión de los frailes al santo Cenáculo, en el Monte Sión, acompañados por los kawas. La cercana iglesia de San Francisco en el Cenáculo, llamada «Cenacolino», que se levanta a escasa distancia de la sala del Cenáculo y es el lugar en el que los frailes, expulsados el año 1551 del Cenáculo –que se transformó en mezquita-, se refugiaron antes de trasladarse al actual convento de San Salvador, debido a las obras de reforma que han obligado a su cierre no ha podido acoger este año la celebración de las santas misas que, con ocasión de Pentecostés, tradicionalmente se celebran en distintas lenguas a lo largo de toda la jornada. De cualquier forma, han sido muchos los peregrinos que se han acercado hasta el Monte Sión y que han llegado al Cenáculo donde, a las 16.00 h., el custodio ha presidido las segundas Vísperas solemnes en un clima de gran recogimiento. En este santo lugar, que hoy es de propiedad judía y que está abierto diariamente a las visitas de los fieles, se permite solo en raras ocasiones a los cristianos oficiar sus propias celebraciones litúrgicas. La fiesta de Pentecostés, junto a la del Jueves Santo, es uno de estos raros momentos y, también por este motivo, se vive con una especial participación de todos los que tienen la posibilidad en dicha ocasión de estar aquí presentes. En el momento de la recitación del padrenuestro, han sido numerosas las distintas lenguas que se han podido escuchar en esta antigua sala repitiendo, después de tanto tiempo, el milagro de aquel grupo que se convirtió en uno solo, escuchando resonar en sus oídos y en el corazón el sentido revolucionario del único mensaje de Cristo; aquel grupo que, de países lejanos, convergieron en una misma historia y en un único destino. Escribe el papa Benedicto XVI: «Fue el “bautismo” de la Iglesia, bautismo en el Espíritu Santo (cfr. Hch 1,5). […] La voz de Dios diviniza el lenguaje humano de los apóstoles, que se volvieron capaces de proclamar de modo “polifónico” al único Verbo divino. El soplo del Espíritu Santo colma el universo, genera la fe, arrastra a la verdad, predispone la unidad entre los pueblos».

Texto de Caterina Foppa Pedretti
Fotos de Eli Hajjar e fra Adelmo Vasquez

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