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2012
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«Como he hecho yo, haced también vosotros»: conmemoración de la Última Cena y del Lavatorio de los pies en el Cenáculo

Cenáculo, Jerusalén. 5 de abril de 2012

La tarde del Jueves Santo, poco después de las 15.00 h, los frailes franciscanos de la Custodia de Tierra Santa, guiados por el custodio, fray Pierbattista Pizzaballa, y por el vicario custodial, fray Artemio Vítores, han salido en procesión del convento de San Salvador para ir hasta el Monte Sión, donde se encuentra el Cenáculo, el lugar donde Jesús celebró la Última Cena, la cena de Pascua, con sus discípulos antes de ser capturado por la noche en el Huerto de los Olivos. Al cortejo de frailes se han unido muchos fieles, cristianos locales y peregrinos, deseosos de compartir este emotivo momento de oración comunitaria en uno de los Santos Lugares más queridos por la tradición cristiana y franciscana.

Según la tradición, el Cenáculo fue también la residencia de la primera Iglesia apostólica. En la segunda mitad del siglo IV, los cristianos sustituyeron la pequeña iglesia que se erguía aquí por una gran basílica a la que llamaron Santa Sión o Madre de todas las Iglesias, por su origen apostólico. En ella se conservaba el recuerdo del trono de Santiago, primer obispo de Jerusalén, y de la columna de la flagelación de Jesús. En este lugar se mantiene viva la memoria de la Última Cena, con la institución de la Eucaristía y del Lavatorio de los pies, de las apariciones de Jesús resucitado, de la consigna a los apóstoles del ministerio de la reconciliación y del descendimiento del Espíritu Santo sobre María y los apóstoles, aquí reunidos. También el recuerdo de la Dormición de María está presente aquí desde el siglo VII. La iglesia de la Santa Sión sufrió una serie de destrucciones y restauraciones para ser posteriormente reconstruida en época cruzada y rebautizada con el nombre de {Santa María en el Monte Sión}. Tras la demolición del año 1219 solo permaneció en pie la capilla medieval de Cenáculo con la Tumba de David en su parte inferior, un cenotafio conmemorativo hasta el día de hoy muy apreciado por los judíos, que se acercan hasta aquí constantemente a rezar.

En 1335 los franciscanos se encargaron del santuario, construyendo en su lado sur un convento cuyo claustro es visible hoy en día. En este lugar tuvo su origen la Custodia de Tierra Santa, que recibió el reconocimiento oficial con la Bula papal del año 1342. A pesar de las dificultades, el convento estuvo habitado hasta 1551, cuando las autoridades turcas obligaron a los frailes a trasladarse al interior de los muros de la ciudad. El santuario estuvo en manos de los musulmanes hasta 1948 y después, con el nacimiento del Estado de Israel, pasó a mano de los judíos. En 1910, al oeste del Cenáculo, se consagró una nueva iglesia dedicada a la Dormición de María y fue confiada a los benedictinos. En 1936 los franciscanos regresaron cerca del santuario, adaptando una vieja casa árabe que se convirtió en el pequeño convento de San Francisco en el Cenáculo, llamado también {Cenacolino}.

Mientras que la sala del Cenáculo es accesible a los visitantes, las celebraciones litúrgicas cristianas en su interior solo se permiten en contadísimas ocasiones. El Jueves Santo es uno de estos momentos extraordinarios, por lo que el encuentro que tradicionalmente se celebra aquí la tarde de este día asume para toda la comunidad de religiosos y fieles un valor especial. Tiempo antes de la llegada del custodio, la sala del Cenáculo, situada en el piso superior, estaba llena de peregrinos que esperaban en un clima de auténtico recogimiento.

A las 15.30 h, una vez llegado el custodio con los frailes que le acompañaban, comenzó la celebración que, entre cantos y oraciones, ha conmemorado los eventos ocurridos la tarde de la Última Cena, con la lectura de los textos evangélicos de san Juan y san Marcos que hablan del Lavatorio de los pies, de la institución de la Eucaristía y del mandamiento nuevo del amor fraterno que Jesús quiso transmitir a los apóstoles. Precisamente este gesto del lavatorio de los pies lo ha repetido aquí fray Pierbattista, que se ha puesto a lavar los pies de un grupo de 12 niños de la parroquia de San Salvador. Uno de los gestos más significativos con que Jesús muestra el sentido y el valor del servicio al prójimo y que los discípulos están llamados a imitar en su vida: «Si yo, que soy el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies los unos a los otros. Os he dado ejemplo para que, como he hecho yo, hagáis también vosotros» (Jn 13,14-15). La liturgia ha concluido con el rezo del padrenuestro, que cada uno de los presentes ha rezado en su propia lengua, uniendo a la asamblea en un abrazo universal.

Recibida la bendición final, los franciscanos y algunos fieles han caminado en procesión hasta la iglesia armenia de Santiago, donde la tradición sitúa el martirio por decapitación de Santiago el Mayor. En esta zona además -ha explicado fray Artemio- se encontraba el palacio de Caifás, el Sumo Sacerdote ante el que se celebró el proceso religioso contra Jesús. Tras la visita a la iglesia, los franciscanos han visitado otra sala para rendir otro homenaje, la Capilla de los Arcángeles, dentro del convento armenio, donde precisamente la comunidad franciscana, tras ser expulsada del Cenáculo en 1551 fue acogida y hospedada por los armenios durante ocho años. Como símbolo de cordialidad y agradecimiento, la procesión franciscana del Jueves Santo hace tradicionalmente esta parada en este lugar. Finalmente, antes de volver al convento de San Salvador, se ha realizado una breve visita a la Capilla de San Marcos, de la comunidad siríaca ortodoxa.

Texto de Caterina Foppa Pedretti
Fotos de Stefano Dal Pozzolo

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