2012
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En los lugares de la Pasión del Señor: celebraciones solemnes del Miércoles Santo en Jerusalén

4 de abril de 2012

Llegados ya al Miércoles de la Semana Santa, Jerusalén se encuentra inmersa plenamente en los ritos de estos días solemnes, próximos a celebrar el triduo más santo y doloroso, antes de la gran alegría de la Pascua de resurrección del Señor, ocurrida precisamente aquí. La ciudad espera impaciente, preparándose para revivir grandiosos eventos. Junto a la comunidad cristiana local, día a día se hacen más numerosos los peregrinos procedentes de distintas partes del mundo, que llenan sin descanso los Santos Lugares, visitan y rezan en estos lugares tan queridos por la tradición cristiana y, con un fervor especial, rememoran la Pasión de Cristo, asombrados y conscientes de encontrarse aquí donde los eventos de la salvación se hacen presentes y tangibles y de poder tocar con veneración la tierra y las piedras que siguen testimoniando la historia de la redención humana desde hace más de dos mil años.

El Miércoles Santo está lleno de esa devoción por estos Lugares únicos que aquí se tiene la gracia de tocar, acariciar, besar y gozar en el corazón, meditando el misterio que nos cuentan. Esta profunda experiencia se goza desde ya por la mañana con la santa misa solemne celebrada en la Basílica de la Agonía de Getsemaní, en el curso de la cual se ha renovado el canto del Evangelio de la Pasión de Señor, siguiendo esta vez la narración de san Lucas (Lc 22,14-23,56). Al pronunciar las palabras que recuerdan cómo el Señor sudó sangre en aquel antiguo jardín de olivos adonde acostumbraba ir a rezar, el lector se ha inclinado para besar la piedra situada a los pies del altar, sobre la que Jesús sufrió en soledad y probó la angustia profunda, presagiando con amargura la prueba que le esperaba. En presencia de muchísimos fieles, el vicario custodial, fray Artemio Vítores, como está establecido por el programa litúrgico, ha presidido la ceremonia solemne rodeado de los concelebrantes, todos dispuestos en torno al altar, a pocos pasos de la roca de la Agonía, centro que ha catalizado la devoción y piedad de todos.

Finalizada la celebración, los frailes franciscanos de la Custodia se han dirigido en procesión desde Getsemaní hasta la Basílica del Santo Sepulcro donde, a partir de las 10.00 h, se ha venerado la Columna de la Flagelación, que se encuentra expuesta en la Capilla del Santísimo Sacramento, llamada también de la Aparición de Jesús resucitado a la Virgen María. El fragmento de la columna, de piedra roja, rodeado por una tela blanca inmaculada y saludado como {Columna nobilis} en el himno que ha dado inicio a la oración, ha sido besado por todos los frailes, comenzando por el vicario, fray Artemio Vítores, y el guardián del Santo Sepulcro, fray Fergus Clarke. A continuación y a lo largo de toda la jornada, han sido los fieles y peregrinos los que han querido testimoniar su profunda veneración por este precioso objeto en el que la tradición reconoce la columna a la que estuvo atado Jesús cuando fue flagelado. En los primeros siglos de la historia cristiana, la columna era expuesta a los fieles el Viernes Santo en el Cenáculo. Después, en el siglo XIV, la columna se llevó a la Basílica del Santo Sepulcro, a su actual sede. Hasta hace pocos años, el pueblo creyente tenía la posibilidad de admirar y venerar la columna de la flagelación solo el Miércoles Santo; hoy, permanece expuesta de forma continua en la Capilla de la Aparición, a la derecha del altar, y millones de cristianos, todos los días del año, siguen visitándola y homenajeándola, acariciándola con un beso y una caricia.

Por la tarde, la comunidad franciscana ha acompañado e introducido solemnemente en la Basílica del Santo Sepulcro a S. E. Mons. William Shomali, obispo auxiliar del patriarca latino de Jerusalén, que ha presidido el Oficio de las 16.00 h. Ante el edículo de la Tumba del Señor, rodeado de fieles y peregrinos por todas partes, la recitación de los salmos y las lecturas bíblicas han preparado e introducido los ritos del Triduo pascual, liturgias de sufrimiento y de luto que celebran los momentos más dramáticos de la vida de Jesús, hasta su muerte en la cruz y la deposición de su cuerpo en el sepulcro. Durante el Oficio se han encendido también los quince cirios del gran candelabro triangular, situado al lado del Sepulcro y dotado de un elevado significado simbólico y místico. Los catorce cirios colocados a los dos lados representan a los once apóstoles y a las tres Marías, cuya fe será duramente probada en los días de la Pasión del Señor. El cirio del vértice, sin embargo, simboliza a Cristo, cuya naturaleza divina no se oscurecerá nunca, a pesar de los ultrajes y la muerte vergonzosa a la que será sometido.

Texto de Caterina Foppa Pedretti
Fotos de Stefano Dal Pozzolo

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