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2012
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Mantuvo su unión con el Hijo hasta la cruz: conmemoración solemne de los Siete Dolores de la Bienaventurada Virgen María

Basílica del Santo Sepulcro – Calvario, Jerusalén. 30 de marzo de 2012

En la mañana del viernes 30 de marzo, a las 8.00 h, según la hora solar que es la que rige en la Basílica del Santo Sepulcro, la comunidad franciscana de la Custodia de Tierra Santa ha celebrado la solemnidad Septem Dolorum Beatae Mariae Virginis (los Siete Dolores de la Bienaventurada Virgen María) en el altar de la Dolorosa que, en el Calvario, separa la capilla propiedad de los griegos ortodoxos y la capilla latina de la Crucifixión. Aquí, la sugerente representación a medio busto de María con el corazón traspasado por una espada, materializa las palabras dirigidas a la Virgen por el anciano Simeón con ocasión de la presentación de Jesús en el templo: «Y a ti una espada te traspasará el corazón» (Lc 2,35).

Según se establece en el programa litúrgico, el vicario custodial, fray Artemio Vítores, ha presidido la santa misa solemne precedida del rezo de la oración de Laudes. Junto a él, como concelebrantes, estaban fray Fergus Clarke, guardián del Santo Sepulcro, y fray Noel Muscat, discreto de Tierra Santa. La familia franciscana ha participado en gran número en esta celebración que además, a pocos días de distancia, nos introduce en el clima y en los eventos dramáticos de la Pasión de Jesús en los que María, su Madre, participó profunda e íntimamente. En esta importante cita había también muchos religiosos y religiosas de las distintas congregaciones presentes en Tierra Santa, igual número de fieles de la comunidad cristiana local, amigos y colaboradores de la Custodia franciscana y muchos peregrinos de distinta procedencia que ya desde hora temprana, todos los días, empiezan a llenar la Basílica del Santo Sepulcro para visitarla y descubrirla con devoción, interés y esperanza.

En la liturgia, la lectura tomada del libro del profeta Baruc (4,5-12.27-29,36-37) habla de los lamentos y esperanzas de Jerusalén que, presentada como una madre que «ha alimentado a sus hijos con alegría», les debe ahora «dejar con lágrimas y gemidos», viéndoles conducidos a la esclavitud por sus pecados, por haberse desviado de la ley de Dios. Por eso, se lamenta Jerusalén, «Dios me ha mandado un gran dolor». Pero el sufrimiento no es la última palabra; Jerusalén exhorta a sus hijos a volver a Dios, a buscarle de nuevo, «porque quien os ha afligido con tantas calamidades os dará también, con la salvación, una alegría perenne». El texto del evangelio de san Juan (19,25-27), antes de cuya proclamación la asamblea ha entonado el {Stabat Mater}, nos propone uno de los momentos dramáticos de María a los pies de la cruz, asociada a la Pasión de su Hijo, destrozada por el dolor pero firme en la fe y en el abandono confiado a Dios. En esta disposición inquebrantable de María a entregar a Dios su vida se funda también la vocación a la maternidad espiritual, proclamada por Jesús desde la cruz, respecto de todos los creyentes, representados en el discípulo predilecto. Juan acoge a María en su casa, la única comunión de la Iglesia de Cristo.

En la constitución conciliar Lumen Gentium se lee que «sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas maternales a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado, María mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la cruz». Escribe Juan Pablo II en la Carta Encíclica Redemptoris Mater: «Por medio de esta fe María está unida perfectamente a Cristo en su despojamiento. En efecto, “Cristo, … siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo, tomando la condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres”; concretamente en el Gólgota “se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz” (Flp 2, 5-8). A los pies de la Cruz María participa por medio de la fe en el desconcertante misterio de este despojamiento. Es esta tal vez la más profunda “kénosis” de la fe en la historia de la humanidad. Por medio de la fe la Madre participa en la muerte del Hijo, en su muerte redentora».

Testo di Caterina Foppa Pedretti
Foto di Doni Ferrari

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