2011
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Mensaje de Navidad 2011 del Custodio de Tierra Santa

campagna Natale 2011«El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel». (Mt 13,44)

Navidad es la historia de un Dios que vino a esconderse en un campo.
Escondido, haciéndose pequeño, hijo de hombre, niño, como cualquier otro niño.
Escondido, en su nacimiento silencioso, en Belén.
Belén, pequeño pueblecito de una pequeña región, en los límites de un inmenso imperio, en una tierra que por aquel entonces, igual que hoy, no conocía la paz.
Navidad es también la historia de tesoros y de campos, de hombres que encuentran el campo y el tesoro.
A muchos, de hecho, les llega la noticia de que el tesoro… ¡está justamente allí, en aquel campo!
Pero, desgraciadamente, no todos los buscan, no todos lo encuentran, no todos dejan todo por tenerlo.

Para poseer el tesoro es necesario, primero, despojarse de todo.
¡Esta es la única manera!
No basta con encontrar el tesoro, no basta saber dónde está.
Hay que jugarse la vida.

Las Escrituras son la historia de este tesoro escondido en el campo, que es el corazón del hombre.
Porque todo campo, todo corazón, puede esconder el tesoro.
Las Escrituras son la historia de tantos hombres, como nosotros, que se lo han jugado todo ante este descubrimiento.
Abrahán dejó su propia tierra, sus propios dioses.
Moisés perdió las seguridades de su pequeño exilio.
David se puso en movimiento, con todo su ser, incluido su pecado.
Job tuvo que perder todo para poder conocer a Dios.
Y después, los profetas, que nos llevan hasta los magos, a los pastores, a la viuda pobre, a todos los niños del Evangelio…
Todos ellos, gente que siguió adelante, que no retrocedió.
Gente que, ante este descubrimiento, ante este encuentro, comprendió que el evento era decisivo, el sentido y el corazón de todo, ante lo cual todo lo demás encuentra su justa dimensión.

El tesoro no se encuentra por casualidad, no se posee solo la mitad.
El tesoro está pintado con los colores fuertes de todo lo que es radical, absoluto.
Se debe perder absolutamente todo para poseerlo.
Quien ama, pierde todo. Porque amar significar perder todo, entregarlo todo.
El primero en asumir este riesgo fue precisamente Él, Jesús, escondido en el campo de Belén, con la esperanza de que todos le puedan encontrar.
Él fue quien inauguró el camino de perder. Perdió todo y encontró al hombre; como el hombre que, al perder todo, encuentra a Dios.

Tener fe es arriesgarse a seguir el camino de quien, como Él, sabe olvidarse de sí mismo en favor del prójimo –sea quien sea- y sabe actuar en consecuencia: perdón, acogida, escucha, solidaridad…
El camino de perder, jalonado por estas etapas, se convierte en el camino de encontrar.
Quien recorre este camino encuentra a Dios, al hermano, a sí mismo.
De esta forma la vida se transforma.

Puede ocurrir –como, de hecho, ocurre- que desde fuera parezca que nada cambia, que la historia, y en particular la historia de nuestra Tierra Santa, siga siendo la misma realidad dramática que vemos y vivimos: odios, divisiones, miedos, sospechas, prejuicios, parálisis…
Pero, en el interior, ¡todo cambia!

Cambia la forma de ver la vida, cambia el modo de vivir y, ¡afortunadamente!, vuelve la alegría a nuestras vidas, porque esta vida no es solo un campo, sino el campo que esconde el tesoro.

Nuestro deseo para esta Navidad es que lleguemos a ser personas capaces de perderse, en nuestra propia historia, buscando a Dios.
Y, en nuestras ansias por Él, en el descubrimiento maravilloso de este tesoro está, realmente, el campo de la vida, nuestra vida y la de aquellos que nos rodean.

Fray Pierbattista Pizzaballa
Custodio de Tierra Santa

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