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2011
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La sonrisa de los ancianos: frailes y jóvenes de la parroquia visitan a los ancianos con motivo de la fiesta de santa Bárbara

Jerusalén, 2 de diciembre de 2011

En la tarde del viernes 2 de diciembre, un grupo de jóvenes frailes franciscanos de la Custodia de Tierra Santa ha organizado la tradicional visita a los ancianos del barrio cristiano de la Ciudad Vieja de Jerusalén, con motivo de la fiesta de santa Bárbara que se celebra el día 4 de diciembre y de la que la población local es particularmente devota. Junto a fray Badie Elias, animador vocacional de Tierra Santa –especial promotor de esta iniciativa-, también fray Sandro Tomašević, fray Claudio Lotterman y fray Bernardo Moya, con sus guitarras, además de fray Luai Bsharat, fray David Grenier y fray Ayman Bathish se han reunido en la casa de una familia palestina particularmente sensible y activa de la parroquia. Allí, se les han unido diversos jóvenes cristianos de la parroquia de San Salvador, e incluso un joven que tocaba la tromba con mucha gracia. En poco tiempo se han confeccionado las pequeñas porciones del dulce de Santa Bárbara (a base de grano, pasas de uva y almendras picadas) que se han distribuido posteriormente por las casas. Según la leyenda, en el tiempo en que santa Bárbara, de ardientes sentimientos cristianos y decidida a dedicar su vida a Dios, estuvo prisionera en la torre que su padre, de fe pagana, hizo construir para alejarla de sus pretendientes, los pájaros la alimentaban con granos de cereales. De aquí viene la tradición de preparar dulces a base de grano con ocasión de la fiesta de la santa.

Saliendo ya por las calles, muchos niños de todas las edades se han unido al grupo y lo han acompañado con vivacidad y simpatía en todo su recorrido. Juntos, entre cantos dedicados a santa Bárbara y la alegre música de las guitarras, el grupo ha seguido por las estrechas callejuelas de la Ciudad Vieja, donde se encuentran muchísimas puertas pequeñas que dan paso a multitud de viviendas que se cruzan y se sobreponen, unidas por empinadas escaleras y corredores. Muchas de estas casas son propiedad de la Custodia de Tierra Santa, que las cede gratuitamente a las personas y familias más necesitadas; en otros casos, contribuye a los gastos del alquiler e interviene, allí donde es necesario, en los trabajos de reforma y restauración más urgentes. «Conocemos y visitamos a más de 100 ancianos –dice con emoción fray Badie- y nos encargamos de sus necesidades. No todas estas personas, desgraciadamente, tienen una situación familiar tranquila que les permita gozar de atención y compañía. Hay casos de soledad y abandono donde se ponen en evidencia la pobreza material, las dificultades y las privaciones que los ancianos tienen que afrontar. Entrando en sus casas y visitándoles podemos conocer realmente sus condiciones de vida y podemos intervenir ofreciendo los recursos y ayudas necesarios para resolver sus problemas más urgentes y colaborar en las en las situaciones más delicadas». Los jóvenes de la parroquia, a su vez, están siempre cerca de los ancianos del barrio. Con frecuencia les van a visitar, pasan el tiempo con ellos, rezan con ellos. Los frailes franciscanos, en su visita, llevan con ellos agua bendita para bendecir las habitaciones y a las personas que en ellas viven, acompañando este momento con una breve oración en común.

Un gesto simple, con personas humildes, en el que se ve realmente la hermosura y la belleza del amor y la solidaridad humanos y cristianos. «Nos encontramos con tantas personas ancianas que se emocionan cuando les preguntamos cómo están –sigue diciendo fray Badie-. Pero para nosotros es suficiente ver cómo, por un momento, su rostro se serena, se relaja y nos ilumina con una sonrisa. Su alegría es nuestra mayor satisfacción». En estas pequeñas casas, incluso en las más pobres, entre los muchos símbolos de la fe cristiana que delatan su identidad, se produce algo verdaderamente extraordinario: el encuentro permanece en el corazón de todos como un don, renovando la fe en el hombre, porque «mientras que un hombre encuentre calor en otro hombre, la amargura extrema que hace al hombre insensible, no tiene poder sobre él» (Siegfried Kracauer).

Texto de Caterina Foppa Pedretti

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